Periodismo y teatro en Guadalajara

 


Teatreros: los salvadores del mundo

 

 
En resumen
 



En concreto

“No necesitamos que todo el mundo haga teatro, no: lo que necesitamos es la actitud del que hace teatro para salir adelante”.

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Posted Abril 3, 2016 by

 
Lectura general
 
 

Se comprende que haya un loco que quiera ser presidente; lo verdaderamente aterrador es que millones de personas estén dispuestas a votar por él. Eso es lo que está pasando con Donald Trump.

¿Quién está dispuesto a votar por él? Podemos imaginar a uno de esos gringos estereotipo: seguramente un gran fanático de los talk shows, de la comida chatarra, consumidor irresponsable; nacionalista de ocasión, resentido con el gobierno porque su calidad de vida no es tan buena como lo fue antes de que estallara la burbuja financiera con el desfalco de Wall Street de 2008. Incapaz de actuar por sí mismo para cambiar su entorno, comodino intelectual, con una flojera terrible para profundizar en temas que lo hagan reflexionar. Ansioso de escuchar que el demagogo ocurrente que es Trump le va a devolver la grandeza a su país y por lo tanto le dará algo de esa grandeza a personas como él —que ya tienen una carrera larga con drogas recreativas y de prescripción, lo que ha hecho de su cerebro una masa de colesterol de sinapsis limitada y lenta, que desea ser complacido a corto plazo y no le alcanza para ver las consecuencias a largo plazo.

Podemos volver la mirada hacia nuestro propio país y nos damos cuenta de que el votante promedio no es mucho mejor que el estereotipo gringo: que el PRI regresara al poder después de mantener su dictadura perfecta por décadas nos colocó en los primeros lugares de la escala mundial de la estupidez.

La historia también ofrece un surtido rico en este asunto: recordemos en el siglo pasado el entusiasmo generalizado de los jóvenes europeos para enlistarse y combatir en la Primera Guerra Mundial. O la locura de los votantes alemanes que democráticamente eligieron al tirano asesino por excelencia: Adolfo Hitler.

…es un asunto del ser humano: un gran porcentaje de personas está esperando que aparezca alguien que se dice todopoderoso que piense por ellas y que les resuelva su miserable vida. El gran mal de la humanidad hoy en día es la estupidez que motiva a la indiferencia, la flojera y la desidia”

No se trata entonces de naciones, ni siquiera de culturas; es un asunto del ser humano: un gran porcentaje de personas está esperando que aparezca alguien que se dice todopoderoso que piense por ellas y que les resuelva su miserable vida. El gran mal de la humanidad hoy en día es la estupidez que motiva a la indiferencia, la flojera y la desidia.

Es por eso que un libro de autoayuda como Los salvadores del mundo serán los teatreros (The saviors of the world will be the theater creators), de Edgar Dalloway (seudónimo de un autor del que no se revela su nombre real por cuestiones mercadológicas), donde se hace un análisis de las características del artista de teatro y donde se descubre que esas características representan algo así como un ideal de comportamiento humano, representa un luminoso descubrimiento que tenemos que conocer hoy, cuando parece que un buen número de seres humanos está empeñado en elegir a la peor persona en eso que se llama democracia.

Aquí traduzco un extracto que aparecerá en los avances para este 2016 de Harper Collins Publishers:

(Primero hay que dejar claro que el libro no se refiere a cualquier teatrero, sino que habla del hacedor de teatro independiente comprometido con su arte, así que aquí no entran los diletantes, ni los teatreros de ocasión, ni los miembros del star system de las telenovelas que después hacen obritas de teatro).

Las 8 cualidades del teatrero independiente auténtico, según el libro, son:

  1. En muchas ocasiones a partir de la nada y de un presupuesto “cero”, el teatrero crea y construye. No espera a que otro lo haga por él, su vida es crear en escena, esa necesidad vital lo impulsa a accionar.
  2. En su proceso de creación, no mata, ni secuestra, ni extorsiona, ni especula con el bienestar de nadie.
  3. Con muy poco hace mucho. Si hay dinero para la producción, aunque sea poco, bienvenido: con casi lo que sea, basta. Incluso sin haber leído a Muhammad Yunus, el teatrero reparte las ganancias equitativamente y hace entonces una empresa social.
  4. En muchas ocasiones no gana con lo que hace; de hecho, hasta termina poniendo de su dinero. (Todavía falta investigar cómo es que los teatreros se recobran una y otra vez de padecer fracasos financieros. Se sospecha que este recobre tiene que ver con lo que se menciona en el punto número 1: su necesidad vital de crear).
  5. Es conocido únicamente en su medio, así que el público seguramente no recordará su nombre, si acaso recordará vagamente su cara. Pero si hace bien su trabajo es posible que reciba una ovación de pie de aquellos que ocupan la mitad de la sala. No se valida con ello la frase trillada de que “los aplausos son el alimento de los artistas”, pero sí representan la afirmación del otro que le indica al teatrero que ese mensaje, ese sentimiento, esa sensación que le parecía tan importante transmitir, ha llegado a buen destino.
  6. Tiene un proceso de autoafirmación muy maduro, sabe quién es. Si en alguna ocasión alterna, por ejemplo, con un mal actor salido de las telenovelas, y el público ovaciona al mal actor antes que a nadie, no hay problema: el teatrero no siente envidia, sabe que su trabajo es bueno, mejor que el de la estrella televisual, y eso lo mantiene en calma y seguro de sí mismo y sus posibilidades.
  7. Es generoso, ayuda con pequeños trabajos (chambas) y lo hace sin cobrar, porque es solidario con los estudiantes que hacen videohomes, y también con los funcionarios culturales que le piden su ayuda en festivales varios donde nunca hay presupuesto precisamente para el actor local.
  8. Cree en el ser humano, tiene esperanza en él, por eso sigue haciendo su arte. No importa que sea un cínico redomado: en el momento en que pone un pie en el escenario, reconoce que no todo está perdido, porque aquello que hará está dedicado a otro ser humano.

Desde mi óptica, podríamos agregar más puntos, pero, después de esta enumeración, el autor hace una reflexión interesante: las características del teatrero independiente podrían servir para construir una humanidad ideal, donde no se esperaría a ningún salvador demagogo, porque las personas serían autosuficientes, maduras en su estado de ser y automotivadas, y en lugar de buscar el “tener”, lucharán antes por “ser”. Dalloway recomienda que se impartan clases de teatro obligatorias en las highschools y universidades públicas, así como seminarios que expliquen la filosofía de asumir la vida de los creadores de teatro independientes.

No necesitamos que todo el mundo haga teatro, no: lo que necesitamos es la actitud del que hace teatro para salir adelante.


Jorge Fábregas

 


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