Periodismo y teatro en Guadalajara

 


¿Qué hacemos con el espectador de trasero inquieto?

 

 
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2015:
 


En concreto

Aquí estás, en plena función, no te conozco, te voy a bautizar como Francisco Hernández. No voy a cambiar de asiento, decido que permaneceré donde estoy para ver el montaje, pero, principalmente, para estudiarte y tratar de comprenderte. ¿Te trajeron contra tu voluntad? Tal vez había algunos boletos que le sobraron a la tía, y […]

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Posted Marzo 26, 2017 by

 
Lectura general
 
 

Aquí estás, en plena función, no te conozco, te voy a bautizar como Francisco Hernández. No voy a cambiar de asiento, decido que permaneceré donde estoy para ver el montaje, pero, principalmente, para estudiarte y tratar de comprenderte.

¿Te trajeron contra tu voluntad? Tal vez había algunos boletos que le sobraron a la tía, y justo en ese momento pasabas por ahí, y te tocó ser el buen sobrino: trajiste a la tía y a la abuelita al teatro y como recompensa te dieron uno de los boletos.

Masajeas tu nuca, te rascas comezones inexistentes; uñas en orejas, brazos, cabeza, nuevamente en la nuca. Le haces gritar a tu piel que no quiere estar aquí y ella reacciona con ese rash ansioso.

¿Por qué parece que a los que más les gusta el teatro es a los que hacen teatro? ¿Padecemos el efecto del enamoramiento a nuestro arte y por eso no somos realistas como para admitir que el teatro es feo y aburrido?

Sacas tu teléfono por quinta vez, no, nadie te está llamando y no tienes ningún mensaje. Una vuelta más por el face, parece que no hay nada interesante. Suspiras, buscas la mejor posición para tu trasero, ahora lo despegas un poco del respaldo. Algo tiene el asiento en el que estás, porque no te conforta, ¿o será tu trasero? ¿O serás todo tú que de plano no comprendes qué haces en una sala de teatro?

¿Qué hacemos con Francisco Hernández? A veces me gustaría llegar hasta él para liberarlo de su tortura, decirle al oído con tono paternal que está bien que se vaya, que nadie quiere que permanezca contra su voluntad en el teatro; después darle una palmadita en la espalda y conducirlo a la salida.

También, según la teoría de la recepción, podríamos intentar comprender a Panchito, preguntarle quién es, en qué trabaja, qué nivel de estudios tiene, cuánto gana, qué tipo de entretenimiento le gusta, y que explique cómo es que su trasero cayó en el teatro.

Otro camino sería aplicarle la dramaturgia del espectador y como Umberto Eco, citado por Sanchis Sinisterra, tratar a Francisco como un puño de arena denso que no pasa por nuestro cedazo fino, así que lo descartamos: si no entras al juego que estoy proponiendo, no hay nada que hacer por ti. No hacemos teatro para ti y punto.

Podríamos también intentar conquistarlo con todo tipo de atenciones, limpiar de nuestra puesta todo polvo complicado de lenguaje, matar a las alimañas de los giros originales, de la búsqueda, nada de tramas profundas que lo hagan pensar; no subir a las tablas actores feos o chaparros, quitarle de su vista a las actrices pasadas de peso, reducir la escena a un bonito programa de Televisa. ¿Qué tal si pagamos los derechos de Vaselina?

¿Tiene la culpa del sufrimiento de Francisco tanto teatro muerto —como diría Peter Brook— que desfila y ha desfilado en la cartelera? ¿Francisco no es capaz de perdonar que una o dos veces le tocó presenciar teatro anacrónico? ¿Ya no puede darse otra oportunidad a sí mismo para intentar que aquello que está en escena lo conquiste como una serie de HBO, o una semifinal de futbol, o un concierto de la Arrolladora?

¿Por qué parece que a los que más les gusta el teatro es a los que hacen teatro? ¿Padecemos el efecto del enamoramiento a nuestro arte y por eso no somos realistas como para admitir que el teatro es feo y aburrido?

¿Nos empequeñecemos aún más y salimos al paso con montajes apresurados, porque, de plano, somos un caso perdido?

¿O mejor representamos en escena lo que nos grita nuestra entraña y nuestro seso que debemos representar con lo mejor de nuestras habilidades y sensibilidades?

¿Por qué los Francisco Hernández salen de la función con cara de haber viajado ocho horas en un autobús sin televisión?

Tal vez ya perdimos definitivamente a Francisco.

Tal vez lo alejamos haciendo el mismo teatrito de algunos de nuestros maestros.

Tal vez seguimos confundidos entre hacer arte o espectáculo.

Tal vez nos faltó el deseo y el compromiso del que siempre habla Mauricio Kartún.

Tal vez podemos dejar que se equivoque algunas veces más y que pague su entrada.

Tal vez lo mejor sea resignarnos a volver la mirada sólo a los niños y a los jóvenes, o a quien nos soporte, aunque sólo sean 40 personas las que habiten nuestro foro.

Tal vez nos haremos más pequeños haciendo concesiones en nuestro trabajo para tipos como Francisco, tal vez apresuraremos la condena de muerte tantas veces cantada de nuestro arte si llevamos a escena lo que a Francisco lo mantendría más o menos atento.

¿Por qué y para quién hacemos teatro?

¿Por arte? ¿Por negocio? ¿Para Francisco?

¿Nos empequeñecemos aún más y salimos al paso con montajes apresurados, porque, de plano, somos un caso perdido?

¿O mejor representamos en escena lo que nos grita nuestra entraña y nuestro seso que debemos representar con lo mejor de nuestras habilidades y sensibilidades?

Continúas masajeándote la nuca, Francisco, viendo tu celular y moviéndote como si tu trasero estuviera escaneando la butaca.

Tal vez ya no regreses… mejor. ¿Mejor?

 

Jorge Fábregas es escritor y ha sido crítico de teatro. Su obra Viaje de tres ganó los premios a mejor montaje y mejor dramaturgia en la Muestra Estatal de Teatro Jalisco 2013 y el Premio Nacional de Dramaturgia Fernando Sánchez Mayáns en 2008; está publicada en Los Textos de La Capilla.

Iván González Vega

 
Periodista en Guadalajara, México. Estudiante de actuación. Profesor de ciencias de la comunicación y periodismo.


5 Comments


  1.  
    div3rg3nt3

    Siempre es un gusto leer a Jorge Fábregas. Se cuestiona sin miedo.




  2.  
    Miguel Vizcarra

    Imperdibles tus observaciones, da gusto ver este tipo de textos sin esos adornos rimbonbantes que a veces los críticos suelen usar, yo me pregunto esas cosas todos los días, y sigo sin respuestas del todo claras, pero da gusto saber que no soy el único, gracias por escribir




  3.  
    Chemicart

    Tengo una gran opinión al respecto, y es que yo puedo decir que llegué al teatro con mucha suerte. Un domingo de ocio decidí ir al teatro sin tener idea de qué iba a presenciar, para después salir maravillado del lugar. Seguí viendo teatro y me di cuenta de que ver una obra hecha con empeño, objetividad y profesionalismo, fue una cosa de éso: Suerte; pues aunque en Guadalajara se hace teatro con mucha calidad (digo calidad para evitar hablar de teatro bueno y malo), también se hace un teatro torpe y con poca conciencia.
    Todo esto sin contar que el discurso de la obra apelaba a mi vida personal y me resultó aún más inspirador.
    A lo que voy con todo esto, es que el teatro debe cautivar y enamorar desde el primer momento. Gente sin criterio para ver espectáculos escénicos, al enfrentarse a una obra de poca calidad puede pensar que todo el teatro es así, lo cuál es terriblemente triste. Entonces, pongámonos a pensar ¿Cuántas personas habremos vacunado contra el teatro tan solo en el año pasado? ¿Cuántas habremos enamorado?
    ¿Quién es capaz de medir la “calidad” de una obra?





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