Periodismo y teatro en Guadalajara

 


El teatrero soberbio e ingenuo II

 

 
En resumen
 

Columnas:
 
2015:
 


En concreto

(…) si puede existir una revolución escénica de nuevos públicos, ésta se encuentra en el 80% de la población, aquellos que según el Coneval son pobres y vulnerables. (…) El teatrero que busque al 80% debe salir de su confortable teatro a la italiana, debe armar su escena en la calle y llegar a plazas, parques, terrenos baldíos. Debe buscar a sus espectadores.

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Posted Junio 26, 2015 by

 
Lectura general
 
 

En el primer artículo bajo este título hablamos sobre el teatrero que busca transformar al espectador real en un espectador ideal y sobre los conflictos que surgen en esa relación que hace posible-imposible el hecho teatral. Hablemos ahora de dónde vienen esas personas que contemplan la escena.

Ubiquémonos con algunos datos estadísticos: según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), la población no pobre y no vulnerable en México es del 20%, ¿qué significa eso para el teatro?, que aquellos que cobramos entre 80, 100 y 120 pesos por entrada (precios promedio en la Zona Metropolitana de Guadalajara) nos estamos dirigiendo a ese cacho del 20% de Jalisco, es decir, en teoría, al espectro de la clase media, y al espectro de la clase alta.

Si en casa se tienen serias dificultades para pagar alimentación básica, servicios de salud, si no se tiene asegurado un techo que nos resguarde, entonces nadie estará pensando en pagar 100 pesos para ir al teatro. En nuestra sociedad el teatro casi siempre es un lujo inalcanzable para la mayoría de las personas, es decir, el 80% de la población.

El teatrero soberbio que cree que su teatro es para el pueblo y que con ello logrará que el proletariado cambie su condición, y que al mismo tiempo cobra la entrada y se presenta en foros citadinos, o es profundamente ingenuo, o simplemente quiere comerciar con un membrete revolucionario.

Si en casa se tienen serias dificultades para pagar alimentación básica, servicios de salud, si no se tiene asegurado un techo que nos resguarde, entonces nadie estará pensando en pagar 100 pesos para ir al teatro. En nuestra sociedad el teatro casi siempre es un lujo inalcanzable para la mayoría de las personas, es decir, el 80% de la población.

El asunto de llegarle a las clases altas también es complicado: los foros en donde se presenta el teatro made in Jalisco por lo general son viejos y feos, más olor a humedad que oropel, más butacas que rechinan que asientos reclinables. Es ridículo que lo bonito y reluciente de una sala teatral sea un factor decisivo para ir o no al teatro, pero para muchas personas lo es. Recuerdo lo orgulloso que estaba (y lo sigo estando) de presentar Viaje de tres en el Teatro Experimental de Jalisco, pero un día, un amigo de la high society, después de asistir a una función, me vio con lástima y me dijo: “tú obra merecería presentarse en un buen teatro, al menos como el Diana”.

Quienes hacemos teatro, tenemos temporada y cobramos por la entrada, nos dirigimos a la criticadísima clase media (a la que pertenecen la mayoría de los teatreros); olvídense de los pobres, olvídense de los ricos. La clase media es nuestro segmento de mercado (si cobramos, estamos en un mercado, somos microempresarios).

Si al segmento del 20% que puede pagar una entrada le restamos el porcentaje de ricos (¿1%?) que no asistirán a los foros clasemedieros, y lo contrastamos con la estadística de que el 85% de la población nunca ha ido al teatro, nos encontraremos con que nuestro público definitivamente no es tan grande como ese 20% de la población en general; es realmente mucho menor.

No existe una tradición de ir al teatro en la clase media; en Polonia pueden decir: “Los padres llevan a sus hijos al teatro con la misma naturalidad con la que los llevan al parque”, pero en México —si bien nos va— la mayoría dice: “¿Qué es teatro? Ah, sí, lo de las pastorelas”.

El cine también vive del 20% de la población, porque una persona pobre del 80% no puede pagar la entrada a un Cinépolis. La gran diferencia es que el segmento del 20% que va al cine tiene una tradición familiar de hacerlo, es algo tan natural “como ir al parque”.

¿En la fracción del 20% de los que pueden pagar una entrada se encuentran los nuevos públicos? Sí, con todo y falta de tradición, con todo y selectividad de gustos, hay suficientes personas que hoy no consideran al teatro como alternativa de entretenimiento y contemplación, pero que podrían hacerlo.

Así que el segmento de los que pagan por ver teatro jalisciense es muy reducido. Y podemos seguir segmentando el asunto: de los que asisten al teatro, ¿a quién le gusta las obras que imitan las telenovelas? ¿Cuántos prefieren un teatro de propuesta innovadora? ¿Habrá alguien a quien le agrade la escena expandida? Los segmentos se multiplican y por lo tanto se hacen más pequeños.

¿En la fracción del 20% de los que pueden pagar una entrada se encuentran los nuevos públicos? Sí, con todo y falta de tradición, con todo y selectividad de gustos, hay suficientes personas que hoy no consideran al teatro como alternativa de entretenimiento y contemplación, pero que podrían hacerlo. La mayoría de los estudiantes y jóvenes que hoy medio pueblan las salas pertenecen al espectro de la clase media, hay suficientes decenas de miles de personas a las que se les puede “vender” el teatro.

El teatrero que busque al 80% debe salir de su confortable teatro a la italiana, debe armar su escena en la calle y llegar a plazas, parques, terrenos baldíos. Debe buscar a sus espectadores. Para ello necesita apoyos gubernamentales o de alguna ONG, o debe de tener mucha imaginación para tener recursos que le permitan contar con transporte y alimento.

Sin embargo, las cifras son claras y evidentes: si puede existir una revolución escénica de nuevos públicos, ésta se encuentra en el 80% de la población, aquellos que según el Coneval son pobres y vulnerables. Un gobierno que se preocupe por la calidad de vida de las personas debe facilitar su contacto con el arte y la cultura.

El teatrero que busque al 80% debe salir de su confortable teatro a la italiana, debe armar su escena en la calle y llegar a plazas, parques, terrenos baldíos. Debe buscar a sus espectadores. Para ello necesita apoyos gubernamentales o de alguna ONG, o debe de tener mucha imaginación para tener recursos que le permitan contar con transporte y alimento.

El público potencial ahí está, abunda; hay que saber cómo llegar a él y cómo formarlo.

Sería importante que existiera un estudio estadístico bien hecho que indicara quién va al teatro, que clasificara a los asistentes por edades, por clase social, saber a qué obras asiste, qué salas visita; pero también que indique por qué no se va al teatro, conocer los “peros”. Mientras tanto, podemos seguir especulando.

¿El teatrero es elitista? No, como diría Luis de Tavira: más bien es marginado, y su arte no es masivo; está dirigido a los que exploran ese margen, está dirigido a aquellos que buscan alternativas al discurso de la televisión, el cine y el internet, y que se sienten atraídos por el poder del cuerpo presente que ofrece el teatro.

El cuerpo presente, con su poderosa capacidad de ser vulnerable, falible, sublime y orgánico, algo imposible de encontrar en un dispositivo electrónico. Algo nuevo tenemos que aprender y cambiar para que más personas disfruten de esta maravilla.

 

Jorge Fábregas es escritor y ha sido crítico de teatro. Su obra Viaje de tres ganó los premios a mejor montaje y mejor dramaturgia en la Muestra Estatal de Teatro Jalisco 2013 y el Premio Nacional de Dramaturgia Fernando Sánchez Mayáns en 2008. Está publicada en Los Textos de La Capilla.

Iván González Vega

 
Periodista en Guadalajara, México. Estudiante de actuación. Profesor de ciencias de la comunicación y periodismo.


One Comment


  1.  
    Divergente

    extraordinario análisis, gran columna.





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