Periodismo y teatro en Guadalajara

 


El teatrero soberbio e ingenuo I

 

 
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2015:
 


En concreto

“El teatro no existe sin público, el público es la razón del teatro. Pero en nuestra misión artística, condimentada con soberbia e ingenuidad, esperamos llenar las salas con espectadores que hemos moldeado para nuestro producto artístico, queremos salas llenas… de espectadores ideales…”

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Posted Mayo 16, 2015 by

¿Vale más la risa del que festeja un detalle inteligente en un montaje teatral, que aquella risa provocada por un albur sobadísimo?

Lo admito, prefiero la risa del espectador teatral que logra captar un detalle inteligente.

No se trata de discriminación, se trata de elección. ¿Se puede elegir el público que uno quiere? Lo hacemos todo el tiempo, con lo que escribimos, con lo que representamos y con lo que cobramos.

Desprecio los espectáculos que sólo buscan la risa idiota del que se le hace muy gracioso ver a alguien en calzones con corazoncitos. No tengo ningún problema con los calzones con corazoncitos, pero cuando un montaje se basa en repetir el mismo chiste de esos calzones, sin buscar absolutamente nada más, entonces sí que tengo problemas al respecto.

No respeto a ningún creador que haga copia de la copia de la copia, con todo y que eso le guste a una gran cantidad de personas.

Creo en la dramaturgia del espectador (dramaturgia de la recepción), en la que uno, como artista, escribe de tal forma que las palabras de su obra se convierten en una especie de tamiz que selecciona al lector-espectador para esa obra, justo como lo menciona Sanchis Sinisterra: “Todo el problema de la dramaturgia y/o puesta en escena consiste en la mutación del espectador real en el espectador ideal que hemos construido.”

Hacemos arte, finalmente, como pintar, componer música o esculpir.

Escribir o hacer teatro pa-ra to-dos es una pretensión más bien basada en criterios comerciales. Terrible tarea de cuidar los contenidos y formas para no ofender, y mediocre tarea la de simplificar los contenidos y formas para que la gran mayoría pueda entrar en el código literario y de representación.

Tendremos entonces lectores-espectadores que en las primeras 10 páginas o en los primeros 15 minutos del montaje quedarán excluidos del código que proponemos, no podrán seguir leyendo o contemplando con interés lo que ocurre en el escenario, los perderemos, unos dejarán el libro como si fuera una fruta podrida y los que están en la sala comenzarán a sacar su teléfono para encontrar en el Facebook un código amigable, entendible, tal vez un video sobre personas que muestran sus calzones de corazoncitos. Pero aquellos que logren descifrar el código entrarán a las reglas del juego que proponemos, jugarán entonces, serán espectadores ideales.

Escribir o hacer teatro pa-ra to-dos es una pretensión más bien basada en criterios comerciales. Terrible tarea de cuidar los contenidos y formas para no ofender, y mediocre tarea la de simplificar los contenidos y formas para que la gran mayoría pueda entrar en el código literario y de representación.

Además de la inquietud artística, hay algo de soberbia en la postura de elegir el público que uno quiere, de moldear a ese “espectador ideal”, pero también hay algo de valor y de inconsciencia, porque le cerramos las puertas a muchos posibles adquirientes de libros y compradores de boletos, decidimos ganar menos dinero. Dice Mauricio Kartun que el teatro arte de hoy ya no se hace en grandes salas, sino en pequeños salones con aforo de no más de 50 personas, y que eso está bien, porque el teatro de hoy está dirigido para pocos.

¿Por qué entonces soñamos con salas llenas? ¿Por qué cuando tenemos una buena entrada hasta le tomamos fotografías al público y las presumimos en las redes sociales?

El teatro no existe sin público, el público es la razón del teatro. Pero en nuestra misión artística, condimentada con soberbia e ingenuidad, esperamos llenar las salas con espectadores que hemos moldeado para nuestro producto artístico, queremos salas llenas… de espectadores ideales.

Además de la inquietud artística, hay algo de soberbia en la postura de elegir el público que uno quiere, de moldear a ese “espectador ideal”, pero también hay algo de valor y de inconsciencia, porque le cerramos las puertas a muchos posibles adquirientes de libros y compradores de boletos, decidimos ganar menos dinero. Dice Mauricio Kartun que el teatro arte de hoy ya no se hace en grandes salas, sino en pequeños salones con aforo de no más de 50 personas, y que eso está bien, porque el teatro de hoy está dirigido para pocos.

Para eso sirve la utopía, nunca la alcanzaremos, pero nos hace caminar, parafraseando mal a Galeano.

No queremos como público a personas que se interesen solo en formas repetidas y huecas; queremos a un espectador ideal, lo suficientemente sensible e inteligente para que entienda y se conmueva con nuestras obras; pero también buscamos las salas llenas porque confiamos en que incluso podremos transformar al espectador real, más ingenuo (abrumadora mayoría) en un espectador ideal.

El arte abre puertas y tiende manos, ahí están sus códigos sensibles, invitamos a quien quiera a que entre, a que nos dé la mano, a que descifre el código, y esperamos que sean muchos los que lo logren.

Mientras logramos la utopía, los teatreros siguen viendo los cielos nublados con recelo, hacen muecas al enterarse de que juega la Selección Mexicana, las infames Chivas o el grandioso América, no quieren que la lluvia aleje a sus posibles conversos, no quieren que el futbol con sus códigos universales distraiga siquiera a 40 personas que podrían haber decidido ir al teatro.

La risa idiota tiene el mismo valor que la risa inteligente que provoca el drama sofisticado; finalmente quien ríe es la persona, precisamente a quien se encaminan los esfuerzos de quien hace teatro.

Quien hace teatro no comercial espera conseguir a los dos que ríen: a uno, al inteligente, porque es a quien está dirigido su trabajo, y al otro, al hueco, porque pretendemos transformarlo, y si no lo transformamos, para eso sirve el tamiz, que entre al juego el bueno, el capaz —cual selección natural— y que el otro se quede fuera; total, para ellos hay mucha Televisa. Así de soberbios e ingenuos somos.

Parafraseando la canción: “Me quiero casar con una niñita que sepa planchar, que sepa barrer, que sepa cocinar”, cantamos: “Queremos un espectador ideal, que sepa reír (cuando le presentamos una situación graciosa inteligente), que sepa comprender (la premisa, la trama, subtramas, lectura entre líneas y los detalles geniales de los actores y directores), que sepa respetar el templo escénico (nada de celulares prendidos, nada de ruidosas bolsas de celofán, nada de toses estruendosas, nada de cuchicheos, nada de cambio de postura frecuente, concentración total), que sepa compartir (que invite y promueva la maravilla del teatro y que llene las salas), que sepa agradecer (preferentemente, aplaudiendo de pie, 3 minutos mínimo al terminar la función)…”.


Jorge Fábregas

 


3 Comments


  1.  
    DIVERGENTE

    Es imprescindible leer más seguido este tipo de opiniones, en este tiempo donde se libra una batalla entre la inteligencia y la estupidez, entre lo profundo y lo superficial. Es imperativo mantener la creación profunda e inteligente y no permitir que la voracidad comercial de lo superfluo termine por ser lo único que exista en teatros, cines, libros y anaqueles de compra, de otra forma terminaremos creyendo que lo único que podemos crear es lo hueco, y no es así.




  2.  
    Mosco Aguilar

    Y en ocasiones, querido Jorge, teatreros como Yo, quisiéramos que las funciones fueran sólo para nosotros. Reconozco lo absurdo de mi postura. No sé si alguna vez compartí personalmente esto contigo, es decir, platicarte de esta especie de misantropía aguda que me surge cuando me convierto en público espectador.

    Ay! Cuánta tribulación!

    Festejo con algarabía, bombo y platillo tu regreso al territorio de la reflexión teatral!

    Abrazote!





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