Periodismo y teatro en Guadalajara

 


Teatro y poder VI: La responsabilidad del Estado

 

 
En resumen
 

Columnas:
 


En concreto

El año empieza en Guadalajara con el alza a un impuesto municipal para presentar teatro y otros espectáculos culturales, equiparados ahora a espectáculos comerciales y otras actividades. En una ciudad donde es cada vez más caro hacer teatro y en donde los artistas parecen insistir en un modelo de producción destinado al fracaso, ¿qué teatro haremos? ¿Cómo lo haremos? ¿Qué relación tendremos con el Estado, que marca las reglas hoy en día?

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Posted Enero 10, 2017 by

 
Lectura general
 
 

Una Constitución es un instrumento jurídico que sirve esencialmente para establecer derechos y obligaciones, tanto de los particulares como del Estado, la Nación, la administración pública, el gobierno y los servidores públicos, con el debido desglose. Sin un instrumento de este tipo el país no podría echarse a andar ni dos minutos antes de caer en el desorden absoluto, porque es un agente de regulación de conductas, deseos, esfuerzos, empresas, etcétera, pero también es un mapa de planificación de futuros hipotéticos.

La primera parte de este documento se refiere a los derechos humanos, o las mínimas garantías de dignidad que tenemos. La narrativa de esta primera parte se encamina a declarar y establecer que somos seres humanos, iguales ante la ley, con derecho a bienes y servicios básicos que garanticen que nuestra vida esté a salvo, que recibamos educación, salud, vivienda y acceso a la cultura, es decir: cubrir todos esos aspectos que le otorgan dimensión al Ser humano.

¿Por qué es importante la cultura, considerándola como un aspecto básico de los derechos humanos? La cultura pertenece a los llamados derechos humanos de segunda generación, o derechos económicos, sociales y culturales, que amparan el derecho al trabajo, a la libertad sindical, educación, seguridad social, educación y cultura.

Recientemente la cultura fue considerada como un pilar del desarrollo sostenible por la Unesco en la Agenda para el Desarrollo Sostenible 2030, reconociendo que

La cultura forma parte de nuestro ser y configura nuestra identidad. También contribuye a la erradicación de la pobreza y allana el camino a un desarrollo inclusivo, equitativo y centrado en el ser humano. Sin cultura no hay desarrollo sostenible. (1)

Ceremonia por el 96 aniversario de la Constitución mexicana de 1917. Fotografía: Presidencia de la República.

La Constitución mexicana dicta la responsabilidad del Estado en la materia en su artículo 4, al establecer que aquél deberá garantizar el acceso a la cultura. No se establece cómo debe darse esta garantía; eso dependerá de la Administración pública y de los medios que tenga a su alcance, ya que el acceso a la cultura, al ser un derecho humano de segunda generación, sugiere al Estado cumplir sólo en la medida de sus posibilidades, esto es, desde la implementación de las políticas públicas, que tendrá que observar aspectos que contribuyan a construir un espacio social sano, equilibrado, coherente, que facilite el diálogo entre sus agentes y sus factores de desarrollo y convivencia, pero sobre todo para la reproducción de un modelo cultural-simbólico que fortalezca la dimensión de Ser humano.

…en el modelo del neoliberalismo y la economía de mercado… si las grandes empresas se desarrollan y ganan, en algún momento esa riqueza tendrá que bajar a los sectores-base del esquema económico, es decir, a quienes verdaderamente producen bienes y servicios, y no sólo a quienes los administran…”

México ha sufrido una serie de crisis económicas desde el fin del modelo de desarrollo estabilizador, y tras una serie de palos de ciego que comenzaron con Luis Echeverría, José López Portillo y parte del sexenio de Miguel de la Madrid, es decir, casi 15 años. Luego encontró en el neoliberalismo y en la economía de mercado más agresiva un modelo que comenzó a cambiar su rostro económico, orientándolo a privilegiar a los grandes capitales y a las empresas e industrias de gran calado a favor de una estrategia macroeconómica: si las grandes empresas se desarrollan y ganan, en algún momento esa riqueza tendrá que bajar a los sectores-base del esquema económico, es decir, a quienes verdaderamente producen bienes y servicios, y no sólo a quienes los administran.

Desde mediados de los años ochenta la economía se ha vuelto un factor modelador de políticas públicas; hay pocos aspectos normativos o legales que no terminen por ser intervenidos o definidos por el tema económico, mucho menos la cultura.

Si hay una emergencia económica o ajustes al ejercicio de recursos públicos, Cultura es uno de los primeros rubros en sufrir reducciones o recortes, bajo la lógica de que son aspectos que pueden esperar; sin embargo, las grandes empresas son beneficiadas con estímulos fiscales, reducción de impuestos o hasta exención, porque la lógica del modelo de desarrollo neoliberal indica que es necesario privilegiar a los agentes productivos. Y la cultura, ¿qué produce? ¿Es necesaria la cultura? ¿Debemos subsidiar un rubro deficitario históricamente? ¿Qué beneficios otorga la cultura como para que valga la pena invertir?

Y la cultura, ¿qué produce? ¿Es necesaria la cultura? ¿Debemos subsidiar un rubro deficitario históricamente? ¿Qué beneficios otorga la cultura como para que valga la pena invertir…?”

Pierre Bourdieu identifica tres tipos de capital: el social, el económico y el cultural. El primero se refiere a las relaciones sociales; el segundo a factores de producción, bienes e ingresos; y el tercero, que es el que nos interesa en este caso, comprende los bienes incorporados: aquellos que se integran al cuerpo y al comportamiento; los bienes culturales en sí, el arte como objeto de consumo; y los bienes institucionalizados, o aquellos que son reconocidos por las instituciones de cualquier tipo, ya sean títulos universitarios, bienes o prácticas legitimados, etcétera.

Es en este tipo de capital en donde se forja el criterio social, en el que además la reflexión se dimensiona en relación con los demás, con el contexto y con la historia; visto así, dejarle la responsabilidad al Estado más allá de garantizar el acceso a la cultura, y permitirle decidir tiempos, formas de producción y financiamiento, más allá de las lógicas de reflexión, de práctica, producción y asimilación de estos bienes culturales, es punto menos que peligroso para la construcción de sociedades libres desde la conciencia y el pensamiento.

Invitación a sesión informativa sobre la exención del impuesto municipal sobre la taquilla a creadores de Guadalajara. Imagen: Facebook Cultura Guadalajara.

En la localidad tenemos un modelo económico y de producción teatral obsoleto, deficitario, que no responde a las condiciones financieras del país o del mercado. Es un esquema que depende de los apoyos oficiales para operar con números negros, y con formatos estéticos determinados muchas veces por las condiciones materiales existentes en los espacios institucionales. Si bien podemos tener un avance significativo en la presencia que Jalisco (Guadalajara, mejor dicho) tiene en la llamada “República teatral”, también es cierto que, si la base de financiamiento oficial se recorta o se limita, este momento se puede perder paulatinamente.

Lo preocupante es que las escuelas de teatro siguen contribuyendo con egresados para una actividad que pocas veces es estable, y la responsabilidad compartida de todos los agentes involucrados obliga a reflexionar de manera inmediata, consciente e integral sobre el desarrollo de la misma. Y es que ahora para hacer teatro ya no basta saber actuar; el contexto obliga a más.

2017 comenzó con sorpresas para los productores de Guadalajara, pues el impuesto a espectáculos públicos del Ayuntamiento de la ciudad en el rubro de teatro se incrementó a 7% para recintos cuyo aforo supere los 340 espectadores; además, el grupo debe exhibir una garantía en efectivo, es decir, una especie de fianza para que la Dirección de Ingresos tapatía asegure el pago de dicho impuesto.

La lógica del reglamento en cuestión responde a criterios meramente recaudatorios y que ven en el teatro una forma de actividad comercial, cuando éste es históricamente deficitario: no hay más de dos grupos que aseguren su continuidad más allá de cinco o 10 años, con una producción que casi nunca es continua y en los cuales, de dedicarse de lleno a la misma, la mayoría de sus miembros no podría subsistir.

…no se trata de dádivas, de otorgar siquiera más recursos, o de ceder espacios en la esfera que les corresponde; se trata de darle a la cultura y a las actividades artísticas y culturales el lugar que se merecen. Es más un asunto de visión sistémica, acción coherente, honesta y racionalidad, antes que un vulgar ejercicio de recursos…”

Por otro lado, están los esfuerzos oficiales que determinan qué se presenta, en dónde, cómo se presentan, cuándo (generalmente coincide con estrategias más encaminadas a actividades que se antojan como actos anticipados de campaña), pagando cantidades apenas simbólicas, y retribuyendo muy bien a espectáculos foráneos que utilizan a los intérpretes locales como masa de relleno y dándoles como retribución un par de sandwiches, un refresco y las gracias. Cuando se cuestiona a los funcionarios por la naturaleza de estas situaciones, suelen responder que “…es necesario porque la cultura es un instrumento de construcción de comunidad…”.

Luego entonces: ¿estamos frente a una lógica ambigua que determina cuándo las actividades artísticas son cultura, o instrumento de cohesión social, y cuándo son un mero negocio? ¿Existe un desfase entonces entre las concepciones de cultura de la instancia recaudatoria y de la propia dirección de Cultura? ¿O es sólo que la cultura y sus prácticas sólo son importantes en cuanto comunidad cuando se trata de impulsar proyectos políticos de mediano alcance?

Lo que es cierto es que el mandato constitucional se ve desde acá, desde abajo, como un discurso hueco, cuando los gobiernos locales, que son los que tienen un contacto más cercano con el ciudadano común, no hacen los esfuerzos suficientes para entender su contexto, a su sociedad, su cultura… o a sí mismos, como gobierno. Y no se trata de dádivas, de otorgar siquiera más recursos, o de ceder espacios en la esfera que les corresponde; se trata de darle a la cultura y a las actividades artísticas y culturales el lugar que se merecen. Es más un asunto de visión sistémica, acción coherente, honesta y racionalidad, antes que un vulgar ejercicio de recursos.

Es obvio que es una situación que no va a cambiar pronto, dadas las circunstancias económicas en las que se encuentra el país, por lo que habrá que apostarle como gremio a nuevas formas de organización, producción, gestión, circulación y consumo. Y vamos tarde, porque el Estado, el gobierno, la administración pública, los funcionarios (no todos: debo reconocer las honrosas excepciones que van a contracorriente de la generalidad), hablan un idioma que no podemos entender ni compartir, cualquiera que éste sea.


Iván González Vega

 
Periodista en Guadalajara, México. Estudiante de actuación. Profesor de ciencias de la comunicación y periodismo.


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