Periodismo y teatro en Guadalajara

 


Teatro y poder VII: El Director como eje de poder, parte 1

 

 
En resumen
 

Columnas:
 


En concreto

Nada como el teatro para “conducir conductas”. Durante muchos años el coto de poder de los Directores de escena, los Maestros (me incluyo), los teóricos, “los que saben”, ha sido la disciplina como terreno de soberanía, en el que se inscriben y se ostentan como los “amos sin reino”…

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Posted Febrero 22, 2017 by

 
Lectura general
 
 

La democracia sirve, dicen algunos, para decidir quién es el que te va a mandar; es un mal necesario que, si no se toma con las debidas reservas y en su debida dimensión puede generar frustración y desencanto, porque le atribuimos virtudes que difícilmente puede tener, como ser la panacea del entendimiento humano en sociedad, cuando en realidad es un esquema funcional de colaboración, diálogo y entendimiento. Sólo un instrumento, pero mínimamente necesario.

En la práctica teatral y en su estructura como ente productor tradicional, la democracia es un estorbo, por más que uno pudiera pensar lo contrario: por los temas que maneja, las posiciones políticas del gremio, etcétera.

Uno de los aspectos más recurridos en el teatro tradicional es el autoritarismo. Desde afuera parece que es una institución conformada por demócratas convencidos, anarquistas afables y anarcosindicalistas felices, pero no siempre es así.

En estos ya varios años de práctica (veintitantos) he escuchado las frases más abyectas para justificar el ejercicio del poder y la obediencia ciega a un modelo, metodología, o a un ideal estético (a veces muy cuestionable): “Me dicen el Walt Disney porque hago actuar a los animales”, “La que quiera azul celeste, que se acueste” (frase robada a Efraín Huerta de sus Poemínimos, y utilizada de forma vergonzosa), “¿Qué le vas a dar al teatro? (en el entendido de que el autócrata en cuestión no se cansaba de señalar, en pensamiento, palabra, obra y omisión, que Él era el teatro), “Aquí las relaciones pendejas de noviecitos no cuentan” (el susodicho, sin embargo, estaba casado con una persona del medio con la que trabajaba; seguramente la prohibición explícita llegó después), “ Eso aquí no vale…”. Podría seguir enumerando, pero creo que el espacio no me alcanzaría, así que cerraré este párrafo con la frase que pone en cuestión el tema: “El teatro no debe ser democrático, si quieres que salga bien”.

A la escena expandida se le recrimina por su débil o nula “resolución estética”, o de que no “trata de nada…”. Lo que no se le puede reprochar es que no contribuye a reproducir un modelo que tiende con relativa facilidad al autoritarismo, la soberbia y la formación de cotos de poder en los que la dignidad es un estorbo para el creador omnisciente, el Director

En efecto, son frases dichas por diferentes directores de escena en distintos tiempos y lugares, esta figura sobre la cual recae una buena parte de la responsabilidad (asumida desde el teatro como institución) de la puesta en escena. ¿En serio?

A la escena expandida se le recrimina por su débil o nula “resolución estética”, o de que no “trata de nada”, de que “son formas sin forma”, u “ocurrencias que pueden hacer aparecer a cualquiera en escena, sin ser actor”. Lo que no se le puede reprochar es que, con la debida metodología y por su naturaleza, no contribuye a reproducir un modelo que tiende con relativa facilidad al autoritarismo, la soberbia y la formación de cotos de poder en los que la dignidad es un estorbo para el creador omnisciente, el Director, con mayúscula.

En esta serie sobre el poder, muchas veces he señalado al Estado como principal “bestia negra”, pero también es prudente reconocer que el teatro como institución reproduce formas y valores bastante cuestionables al interior de sus formas de organización, gestión y procedimientos, pero que muchas veces se pierden de vista en razón de lo que es “visible”: el producto artístico, principio y fin único de la práctica teatral; y puede ser que ése sea precisamente el asunto; si no, habría que desacralizar el producto y darle más importancia a los procesos.

 

El imprescindible Foucault

Es necesario citar a Michel Foucault como principal eje de referencia en el tema, pues una de sus obsesiones como teórico era precisamente el poder:

El ejercicio del poder consiste en “conducir conductas” y en preparar la probabilidad.

Nada como el teatro para “conducir conductas”. Durante muchos años el coto de poder de los Directores de escena, los Maestros (me incluyo), los teóricos, “los que saben”, ha sido la disciplina como terreno de soberanía, en el que se inscriben y se ostentan como los “amos sin reino”.

La disciplina ha servido durante muchos años como una reserva probada de ejercicio de poder; parafraseo el título de El amo sin reino, de Rubén Ortiz, recordando el estupendo ensayo publicado en los cuadernillos de Paso de gato, porque tanto la disciplina como la puesta en escena son territorios invisibles, que se aparecen en tanto se inventan, y cuyos efectos de ejercicio de poder perduran sobre las bases de la voluntad de las partes, es decir, prevalece la convención de los roles, sin que éstos sigan ejerciéndose en estricto sentido. El director de escena se vuelve también un rey sin territorio pero con súbditos, un poco como las figuras de Pozzo y Lucky, de Esperando a Godot: la obediencia se basa en la voluntad de obedecer, y hacerlo frente a una figura de poder virtuosa e incuestionable parece que da valor al hecho de someter la voluntad.

Y Foucault analiza precisamente este fenómeno aunado a las formas de ejercicio, más que sobre el concepto de poder-en-sí, orientado a una forma en particular de éste, el Poder pastoral como tecnología del poder, destacando en este sentido que:

El pastor ejerce el poder sobre un rebaño, más que sobre un territorio… lo que reúne el pastor son individuos dispersos… la función del pastor es asegurar la salvación de su rebaño… tiene una intención… apacentar o traerlo al redil…

Esto supone que la hegemonía o soberanía que ejerce el pastor sobre el rebaño también implica responsabilidad sobre éste, que en retribución le otorga privilegios en el ejercicio del poder, que hace funcionales varios elementos y estados de hecho, ya sea en conjunto, por separado o en combinación desde:

  1. Sacar el mayor beneficio (incluso a veces mutuo) del ejercicio de poder.
  2. Operar y relacionarse en el contexto circundante que lo legitima, gestiona, valida y reconoce.
  3. Obtener el mayor número de voluntades posibles, utilizando las modalidades apropiadas de cooptación.
  4. Minimizar, diferenciar, desglosar, gestionar, legitimar y operar modalidades de violencia, disuasión y convencimiento.
  5. Perpetrar y perpetuar las relaciones de poder por medio de la reproducción del modelo.
  6. Administrar la corrupción o las virtudes para conservar el esquema de ejercicio.
  7. Conservar la reserva de poder.

Los ejemplos en lo particular los omitiré porque son obvios, y tendremos entregas específicas para tal efecto, y se necesita ser o muy ingenuo o muy cínico como para negar la existencia de ese fenómeno, porque incluso reconocerlo, aunque no se ejerza o se sufra, sirve como referencia para no reproducirlo.

¿De dónde viene el director de escena? ¿Es una función, una institución o una práctica (ética, estética o política)? ¿Por qué adquirió la importancia que tiene ahora?

El director de escena es una figura relativamente joven; la historiografía ubica sus orígenes en el agónico siglo XVIII, principalmente como un espectador privilegiado que aconseja a los actores sobre su emplazamiento y recitación de los versos.

Adquiere importancia a principios del siglo XX con Stanislavski, y este siglo revela a la función y a quien la ejerce como toda una figura relevante, el centro del fenómeno escénico, desplazando muchas veces al dramaturgo.

Constantin Stanislavski. Imagen de Deutsches Bundesarchiv/Wikimedia Commons.

Es el siglo de los Stanislavski, Brecht, Kantor, Barba, Grotowski, Müller, Brook, Mnouchkine, y en México: Mendoza, Margules, De Tavira, Castillo, entre otros.

Es la época también de las Compañías Nacionales, de los presupuestos gigantescos, las escenografías ostentosas, la dación en comodato de espacios oficiales, y todo, muchas veces, gracias al prestigio del Director de escena, que ha sido reconocido por la sociedad, o una parte de ella.

Acercarse a esta figura, ya sea como colaborador, ayudante, hombre de confianza, hombre de paja o como sea, pero a su lado, aseguraba ser parte del escalafón que atendía y aseguraba la reproducción del modelo ya sea como fenómeno estético, ético y/o político.

Y había, hay, subsiste todavía, una clasificación un tanto informal pero no tan equivocada de los tipos de director de escena: el padre, el papá, el papacito, el tirano, el gurú, el supremo sacerdote, el metodólogo, el Maestro (y el maestro…), la niñera, el hacendado, el ogro filantrópico, el ogro tierno, el barco, el pachá, el guardián, el influyente, el Mesías, el Psicólogo, el guía, etcétera.

Un director con el mínimo de poder se convierte en un modelo a seguir o una figura a obedecer sin cuestionar demasiado, y así puede conminar a quien sea a hacer lo que sea, aun en contra de su voluntad o la de los demás. Una palabra del guía indiscutible, y la manada atacará, acosará, seguirá las instrucciones, recomendaciones o amenazas sin chistar. Alguna vez, por ejemplo, me contaron (desde distintas versiones) que cierto director de escena de la localidad recomendaba beber, drogarse y tener sexo indiscriminadamente como presupuesto básico para ser actor, y ordenaba posteriormente a algunos actores acosar a una de las alumnas del curso de teatro porque “necesitaba una cogida”. O el Maestro que citaba en horas no laborables a sus actrices, él que utilizaba su poder para destrozar prestigios, o el que ordenaba no ver más teatro que el que él personalmente autorizaba.

 

…como trabajadores del teatro, ¿acaso no conocemos uno o varios casos que quedarán impunes o desconocidos? ¿Las víctimas alguna vez hablarán? (…) Y lo más importante: ¿podemos hablar en escena de libertad, justicia, dignidad, honradez, etcétera, de una manera tan categórica, ante tal realidad?

Tener un director de renombre a veces asegura una taquilla relativamente generosa, oportunidades de beca y giras, porque, amén de las capacidades, habilidades o talento del mismo, éste establece redes de poder solidario, político o estratégico, y en el caso de México podría aventurarme a afirmar que esta figura establece un paralelismo a las redes de poder establecidas por el PRI (en lo fundacional, ahora los partidos de oposición han seguido la regla) que necesita siempre de un hombre fuerte que aglutine voluntades dispuestas a lo que sea.

Y no todo es tan negativo dentro de este esquema: a veces la unión de estos “hombres fuertes” de la gestión estético-ética-política de la práctica teatral ha servido para darle sentido, rumbo y resistencia a un panorama cultural desdeñado por el poder político, y es innegable que hay directores que se convierten en guías, modelos inconscientes, figuras éticas que no sabemos reconocer por la pesadez del esquema dominante, y que son conscientes del rol que les toca ejercer. Pero son muy pocos. La tentación del ejercicio caprichoso de poder es enorme.

La cuestión laboral se cocina aparte: la especialización y la división del trabajo en la práctica ha traído al rol del productor ejecutivo a profesionalizar el medio, pero subsisten esquemas en el que el director es ese factótum que aglutina esfuerzos que no reciben una retribución mínimamente justa para técnicos y actores deseosos de trabajar en lo que sea, y como sea. La precarización como modelo, entonces, se vuelve regla.

Y el asunto puede ser más nocivo, más perverso.

En 2016 surgió el caso de un director de la CDMX acusado de acoso y violación; el escándalo incluyó la irrupción de un grupo de manifestantes en una función de una puesta que dirigía. Reconozco que no lo conocía, y las personas a las que pregunté no me pudieron dar razón de su trabajo como creador; sin embargo, la poca o mucha reserva de poder que tuviera le habría bastado para cometer los hechos que presuntamente perpetró.

El escrache a Felipe Oliva. Video de Másde131.

La trascendencia del escándalo, la movilización alrededor del caso y su posterior consecuencia me hacen pensar en una cosa: como trabajadores del teatro, ¿acaso no conocemos uno o varios casos que quedarán impunes o desconocidos? ¿Cuántas figuras de poder han utilizado los instrumentos que les brinda este esquema para conseguir lo que desean y satisfacer lo que haya que satisfacer? ¿Las víctimas alguna vez hablarán? ¿Qué tan cómplices somos como gremio, que seguimos sosteniendo un modelo proclive a pervertirse de manera constante? Y lo más importante: ¿podemos hablar en escena de libertad, justicia, dignidad, honradez, etcétera, de una manera tan categórica, ante tal realidad?

No sé, yo estoy avergonzado; por eso, en las próximas entregas abordaré el tema detalladamente, para ver si la razón difumina la vergüenza.

 

Teófilo Guerrero es dramaturgo. Actor de vez en cuando, director espontáneo. Docente de mayoreo, y cuando así se requiere también escribe.

Teófilo Guerrero

 


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