Periodismo y teatro en Guadalajara

 


Teatro y poder IV: Desarticulados

 

 
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En concreto

“En México la bolsa presupuestal ya no sólo abarca a las compañías oficiales; luego de la reforma salinista al sistema de la administración pública de la cultura, sus beneficios se han extendido a agrupaciones muy disímbolas de la actividad teatral, desde compañías formales hasta grupos pequeños y entidades efímeras, independientes, informales o autónomas…”

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Posted Octubre 29, 2016 by

 
Lectura general
 
 

El teatro occidental mantiene una relación ambigua con el poder: al mismo tiempo que lo cuestiona, lo exalta. Nacido en el horizonte clásico para legitimar un sistema y el discurso que lo sostenía, ha modelado muchas veces su resolución estética con el apoyo de recursos financieros públicos, salvo la muy honrosa distancia que tomó la commedia dell’arte, que vivía del agradecimiento monetario del ciudadano común.

Las épocas doradas del teatro en cualquier país iban acompañadas de generosas contribuciones del tesoro público, de las arcas del Estado, del presupuesto nacional. Las ostentosas maquinarias teatrales nacidas después del Renacimiento, y que tuvieron su mejor versión durante el siglo 20, mostraban un teatro plagado de efectos, aparatos, mecanismos complicados; se construyeron edificios que reproducían resoluciones estéticas cada vez más aparatosas. Las compañías oficiales llegan a desplegar discursos incendiarios en contra del Estado y del poder mientras los presupuestos oficiales pagan costosas escenografías, vestuarios y nóminas.

La regla parece ser: puedes desarrollar un discurso contra el poder y sus formas, siempre y cuando no explicites de quién se trata. Así lo hicieron Shakespeare, Molière, Brecht, Heiner Müller incluso: críticos hacia el poder, pero también desde el poder, con una estética que denotaba, exponía y ostentaba las capacidades del mismo. La paradoja consistía (consiste) en que, al tiempo que el teatro denostaba o cuestionaba al poder, también lo exaltaba demostrando su capacidad económica y política.

Shakespeare, por ejemplo, tiene retratos despiadados del poder en textos como Ricardo III, El Rey Lear, Macbeth, Coriolano, entre muchos otros, pero sus personajes, la trama, o el lugar casi siempre están lejanos de Inglaterra como contexto inmediato identificable: es una Inglaterra que se infiere; cabe mencionar las constantes visitas de una de sus mayores admiradoras, la Reina Isabel; la genialidad del Bardo consistía en poder enunciar las aberrantes y complejas situaciones políticas de la época a través de referencias estéticas e históricas y vivir para contarlo.

En México la bolsa presupuestal ya no sólo abarca a las compañías oficiales; luego de la reforma salinista al sistema de la administración pública de la cultura, sus beneficios se han extendido a agrupaciones muy disímbolas de la actividad teatral, desde compañías formales hasta grupos pequeños y entidades efímeras, independientes, informales o autónomas…”

Otros ejemplos de la ambigüedad de las prácticas y los discursos teatrales son autores como Bertolt Brecht, que denunciaba al poder político pero al mismo tiempo aceptaba la subvención de un Estado tan represor como la RDA. Y podemos destacar varios ejemplos, muchos, incluso en los que esta paradoja se vuelve hasta ofensiva.

La consolidación de las compañías oficiales equiparó los sistemas y modelos de producción al teatro lucrativo: industrial, masivo, espectacular, pero con contenidos y discursos cívicos. Reprodujo un esquema que dependía del capital de una manera decisiva, crucial, y por ende de los agentes que en la cadena política de toma de decisiones determinaban quién, cómo y a partir de qué mecanismos se otorgan los recursos.

El poder económico es la bestia negra pero también el benefactor del teatro oficial-industrial: es detestable, impositivo, dictatorial y ciegamente irracional, pero necesario. La relación de amor-odio que sostienen no es nueva: quienes establecieron el modelo, griegos y romanos, atribuían un lugar especial para la actividad teatral en el gasto público y social.

En México la bolsa presupuestal ya no sólo abarca a las compañías oficiales; luego de la reforma salinista al sistema de la administración pública de la cultura, sus beneficios se han extendido a agrupaciones muy disímbolas de la actividad teatral, desde compañías formales hasta grupos pequeños y entidades efímeras, independientes, informales o autónomas, pero todas con la necesidad de contar con los recursos suficientes para invertirlos en puestas en escena, proyectos de desarrollo, promoción o circulación, reproduciendo muchos de éstos un modelo de producción oneroso y susceptible de ser cuestionable. Un modelo que demuestra las capacidades, alcances y condescendencia del poder, y que crea clases, jerarquías y distinciones dentro del sistema de producción-circulación-consumo.

El Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México. Imagen: Wikimedia Commons.

El Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México. Imagen: Wikimedia Commons.

¿Y los contribuyentes? ¿Estarán plenamente conscientes de que una parte de sus impuestos se invierte en proyectos teatrales que difícilmente podrán ver? Si les dieran la oportunidad de elegir en dónde aplicar sus contribuciones, ¿lo harían en el teatro? ¿Qué dirían si caen en cuenta de que pagan un boleto por ver un espectáculo al que ya contribuyeron a producir con sus impuestos? ¿Preguntarían acaso a los agentes involucrados que toman las decisiones económicas y políticas que hacen posible la actividad teatral si es tan necesario apoyar económicamente a esta práctica cuando existen urgencias más apremiantes (sic) como un sistema de salud que se cae a pedazos? ¿Se preguntarían también de qué viven los profesionales del teatro en tanto no están en una temporada, en la que los ven sólo cada tres o seis meses? ¿Se preguntarán también de qué viven los actores el resto del año, o si tendrán seguridad social? ¿Sabrán acaso que es un derecho humano poder acceder a este tipo de manifestaciones artístico-culturales? Y lo más importante: ¿alcanzarán a ver la importancia que tienen la cultura y las artes en la conformación del imaginario simbólico para retroalimentar el sistema de reproducción social, y en el desarrollo sostenible?

Si no lo saben, estaremos frente a una situación delicada: la desvinculación del sistema de validación y legitimación social de los medios de reproducción cultural; mucho más allá de un desajuste de producción-circulación-consumo, podría constituir un problema de desarticulación del Sistema-sociedad y eso sí puede ser muy grave, porque la cultura es el medio a través del cual se piensa la sociedad como una comunidad, más allá de un esquema administrativo y organizacional.

 

Teófilo Guerrero es dramaturgo. Actor de vez en cuando, director espontáneo. Docente de mayoreo, y cuando así se requiere también escribe.

Iván González Vega

 
Periodista en Guadalajara, México. Estudiante de actuación. Profesor de ciencias de la comunicación y periodismo.


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