Periodismo y teatro en Guadalajara

 


Teatro y poder III: Exclusión, oportunidad y desarrollo

 

 
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“El teatro, en general, no tiene condiciones en Guadalajara para ser democrático: es una expresión de élites para élites. Depende demasiado de las condiciones que el Estado le ponga enfrente: un solo tipo de acción cultural para una manifestación artística más compleja de lo que supone la administración pública y las condiciones que establece para su desarrollo…”

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Posted Septiembre 28, 2016 by

 
Lectura general
 
 

El espacio público del entorno urbano es un caos: la falta de planeación, del mínimo orden que trascienda un par de administraciones locales por lo menos, la carencia y deterioro de espacios de socialización, las premuras económicas que casi siempre están por encima de las urgencias sociales, la serie de rezagos en la construcción de espacios ciudadanos, la ausencia total de un proyecto político común a cualquier plazo, entre muchos otros factores, provocan un espacio social incierto, vago y disperso, por decir lo menos: antidemocrático e inequitativo, la consecuencia lógica, para decir lo más.

La planeación del espacio urbano se da a plazos inmediatos: se resuelve un problema de manera puntual, urgente, y éste provoca dos o tres más; no existen tampoco visos de concordancia, concertación o acuerdo social para lograr una agenda que intente resolver la problemática integral.

Ni voluntad general.

Si imaginamos como territorios todas las áreas de oportunidad que tiene el teatro, el gremio sólo ha explotado aquellas que el Estado y el poder hegemónico consideran que deben ser explotadas, marginando, descalificando o ignorando a aquellas que se atreven a romper esquemas superados, anquilosados o simplemente tradicionales

En medio de todo este panorama, perdido entre los asuntos menos importantes, el teatro, con su propia problemática no menos apremiante: la falta de espacios, la carencia de infraestructura, los magros ingresos, la precariedad de las condiciones laborales, temáticas fracturadas, desconocimiento del contexto y de los modelos de producción propios, programaciones sin lógica o por lo menos principios básicos de selección, y ni qué hablar de la circulación: restringida, demasiado localizada en un par de puntos, por lo que hace que el consumo no sea ni medianamente significativo para la población total de la ciudad, así las cosas.

El teatro, en general, no tiene condiciones en Guadalajara para ser democrático: es una expresión de élites para élites. Depende demasiado de las condiciones que el Estado le ponga enfrente: un solo tipo de acción cultural para una manifestación artística más compleja de lo que supone la administración pública y las condiciones que establece para su desarrollo.

¿Tiene que depender necesariamente del Estado?

Las condiciones de vida y socialización de la población de la capital jalisciense están determinadas por relaciones de producción y reproducción económica; el desmedido e irracional crecimiento de la mancha urbana se ha dado sin planeación alguna, estableciendo esquemas inequitativos de convivencia, lo que ha provocado en el espacio social un clima de desconfianza, incertidumbre, agresividad y miedo.

Función de Valentina y la sombra del diablo, obra de La Valentina Teatro que se presentó en colonias y barrios de Zapopan. Foto: Facebook La Valentina Teatro.

Función de Valentina y la sombra del diablo, obra de La Valentina Teatro que se presentó en colonias y barrios de Zapopan. Foto: Facebook La Valentina Teatro.

La ciudad como construcción social fue hecha para paliar esos problemas; hoy es la principal causa de que se reproduzcan. El crecimiento material va más rápido que el desarrollo de imaginarios culturales o la asimilación de las narrativas sociales.

En este sentido el teatro sólo espera; es una entidad pasiva, tibia, a la espera de estímulos, bolsas, programas y proyectos institucionales que lo reproduzcan, es un productor de material simbólico ajeno al público real, y más cercano a una audiencia imaginaria que no aparece casi nunca, y a la que se le culpa de no abarrotar los auditorios.

La del teatro es una comunidad endogámica, que suele poner el sambenito de la ignorancia a un público con el que no comparte su idioma, ya que el lenguaje teatral en nuestra localidad, salvo honrosas excepciones, suele responder a temáticas, modelos y poéticas muy lejanas de las audiencias mayoritarias…

La del teatro es una comunidad endogámica, que suele poner el sambenito de la ignorancia a un público con el que no comparte su idioma, ya que el lenguaje teatral en nuestra localidad, salvo honrosas excepciones, suele responder a temáticas, modelos y poéticas muy lejanas de las audiencias mayoritarias: tratan de estar al día de las tendencias disciplinares legitimadas por comunidades artísticas foráneas, pero no de las necesidades de reproducción simbólica de su contexto. Esto se traduce en una desconexión casi total de sus públicos potenciales.

Las cifras son reveladoras. La Zona Metropolitana de Guadalajara tiene un aproximado de 4.5 millones de habitantes; el municipio de Guadalajara es el que tiene la mayor densidad de población, con cerca de 1.5 millones de habitantes. La actividad teatral radica en el centro de Guadalajara, pero la afluencia a estos espacios y espectáculos no es una cifra representativa que justifique siquiera la inversión costo-beneficio al erario (en la extraña lógica económica neoliberal, que de cualquier manera subvenciona al teatro para legitimarse simbólicamente) pues el público atendido es minoritario: se cumple con la letra del mandato legal que garantiza el acceso a la cultura, pero no con la construcción de comunidad y de un espacio social equitativo, como lo exige la realidad.

El espacio social y público no atendido por el teatro local es gigantesco en relación con su área de influencia real. En este sentido, atiende desde dinámicas muy naturalizadas del ejercicio de la administración pública, limitándose a las zonas geográficas consideradas “teatrales” y a públicos ya tradicionales, reproduciendo social y culturalmente el discurso excluyente del poder constituido. Apenas hace unos años ha comenzado (muy atinada y oportunamente) a ocuparse de públicos específicos (narrativas escénicas para adultos mayores, teatro para la primera infancia, puestas en escena con personas de capacidades diferentes), no sin cierta resistencia de una parte del gremio, que se niega a entender estas manifestaciones bajo la justificación de que no son prácticas teatrales, o que son tendencias coyunturales, faltando por atender cabalmente a otros públicos.

Función de ¿Dónde está Isabela?, de A la Deriva Teatro, segunda obra de teatro para bebés hecha en Jalisco. Foto: Facebook ¿Dónde está Isabela?

Función de ¿Dónde está Isabela?, de A la Deriva Teatro, segunda obra de teatro para bebés hecha en Jalisco. Foto: Facebook ¿Dónde está Isabela?

Si imaginamos como territorios (conceptuales, temáticos, geográficos, disciplinares, políticos, simbólicos, económicos, etcétera…) todas las áreas de oportunidad que tiene el teatro, el gremio sólo ha explotado aquellas que el Estado y el poder hegemónico (radicado en las redes de poder constituido, virtual, económico, de validación y legitimación gremial) consideran que deben ser explotadas, marginando, descalificando o ignorando a aquellas que se atreven a romper esquemas superados, anquilosados o simplemente tradicionales.

Así deja inhabitada una gran parte de esos territorios, mientras que cada año egresan de las instituciones de formación teatral potenciales desempleados, que a la espera de una plaza en los centros hegemónicos de circulación pueden esperar en empleos alternativos muchos años antes de poder ejercer aquello que aprendieron, y cuya disciplina los orienta a trabajar para teatros que no siempre se llenan, montajes que duran dos o tres temporadas, instituciones que los desechan, proyectos que dependen del azar del financiamiento público… etcétera.

Hablando en general, para una actividad que tiene más posibilidades de las que se pueden suponer, sólo es cuestión de ver al teatro más allá, no sólo como un fin, sino imaginarlo como una herramienta y posibilidad de construcción de un espacio social más democrático e incluyente, solidario, justo y equitativo. Y ya no hay mucho tiempo.

 

Teófilo Guerrero es dramaturgo. Actor de vez en cuando, director espontáneo. Docente de mayoreo, y cuando así se requiere también escribe.

Teófilo Guerrero

 


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