Periodismo y teatro en Guadalajara

 


Teatro y poder II: Legitimidad y legitimación

 

 
En resumen
 

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En concreto

El poder político necesita de acciones culturales significativamente simbólicas para legitimarse; el teatro suele ser parte de esas tradiciones, pero también puede participar de forma transgresora.

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Posted Septiembre 16, 2016 by

 
Lectura general
 
 

Jean Baptiste Poquelin tenía un futuro más o menos asegurado: era hijo del tapicero del rey, y la cercanía con la Corte lo colocaba en un lugar privilegiado para hacer negocios o conseguir favores. El contexto en la Francia del siglo XVIII no era tan favorable para la mayoría de los franceses; para no abundar demasiado en este punto, digamos que eran las condiciones previas a la Revolución de 1789. Ante esta coyuntura sólo debía jugar con el protocolo cortesano para obtener un buen número de privilegios. Pero no.

Estudió algo de derecho, tal vez su padre tenía previsto mejorar la posición familiar en la Corte. Pero abandonó esa idea para enrolarse en un grupo de teatro trashumante que lo llevó a conocer una gran parte de Francia, a llenarse de deudas y a obtener un nombre de batalla: Molière.

Y no paró de hacer teatro, principalmente comedias; eso le dio cierta fama, pero no los recursos suficientes para calmar a sus acreedores. Lo que sí le dio la fama fue la oportunidad de ser llamado a dar algunas funciones con Monsieur, el primo del rey, quien, queriendo hacer algún regalo para el regocijo del monarca, le envió a la troupe del cómico.

Al rey le encantó la idea; tanto, que Molière recibió el apoyo suficiente para producir de manera más o menos holgada sus piezas más importantes.

A la muerte del autor, se desataron los ánimos de las otras troupes para ocupar su lugar en las preferencias del poder, a lo que las autoridades francesas respondieron con una propuesta que no podían rechazar: la creación de una Compañía Oficial con subvenciones aseguradas permanentemente. Eso significaba tener todas las áreas de la producción cubiertas. Las agrupaciones involucradas no lo dudaron: aceptaron la fusión, y así nació una de las compañías de teatro más antiguas del mundo: La Comedia Francesa.

El modelo de las compañías de teatro estatales es uno de los más exitosos en cuanto a la producción y continuidad del trabajo teatral; su función es la que ha cambiado: del regocijo de los poderosos pasó a contribuir a la legitimación del poder político frente a la percepción popular…”

Desde entonces, este modelo es uno de los más exitosos en cuanto a la producción y continuidad del trabajo teatral, ya que una buena parte de los países que todavía cuentan con alguna compañía o agrupación representativa invierten sumas importantes en su subvención. Su función es la que ha cambiado: del regocijo de los poderosos pasó a contribuir a la legitimación del poder político frente a la percepción popular.

La Royal Shakespeare, en Gran Bretaña; la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en España; la Compañía Nacional de Teatro, en México, son sólo algunas de las instituciones paradigmáticas de este modelo.

No calman los ánimos de las masas cuando hay crisis; de hecho, son elitistas: una entrada para ver un espectáculo es cara, lo cual ni siquiera significa que se deba a la recuperación de costos; mucho menos son portavoces del discurso ideológico oficial, al contrario, pero su existencia apuntala la idea de un Estado sensible, comprometido con los valores del espíritu, con el arte. Es una inversión en imagen pública, porque el agente cultural que está realizando cambios importantes en el diálogo social y procesando el contenido simbólico de la colectividad está en otra parte.

Y no es que no sea importante tener compañías nacionales, pues su función principal es análoga a la de los museos oficiales de contenidos cívicos: conservar en el imaginario cultural la existencia de un pasado anclado al devenir colectivo, y que sirve de respaldo al poder político en turno, como agente y salvaguarda moral de conservación de ese pasado, que de alguna manera le sirve de soporte para su legitimación.

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No calman los ánimos de las masas cuando hay crisis; de hecho, son elitistas: una entrada para ver un espectáculo es cara, lo cual ni siquiera significa que se deba a la recuperación de costos; mucho menos son portavoces del discurso ideológico oficial, al contrario, pero su existencia apuntala la idea de un Estado sensible, comprometido con los valores del espíritu, con el arte; son una inversión en imagen pública”

¿Por qué debe legitimarse el poder a través de una acción cultural? Es lógico que tenga una serie de factores y elementos que lo legitiman a partir del ejercicio del poder por vía de la toma de decisiones de interés y orden público. Pero existe una parte de la legitimación del poder político, que menciona Weber, que de alguna manera podría influir en el uso de este tipo de herramientas para ejercer, consolidar y hasta enaltecer el ejercicio del poder, y es lo que Weber llama el factor divinidad. Y aunque se refiere a la cuestión de que quien ejerce el poder lo hace a través de la recepción de un mandato o misión divina, o sea, la nobleza como prueba inequívoca de secuencialidad del ejercicio del poder, iniciado a partir del mandato de un Ser supremo, la traducción a sociedades laicas sería: quien recibe dicha encomienda de salvaguarda de una serie de tradiciones, prácticas y usos de alto valor simbólico de alguna manera cumple con las funciones del soberano (cuyas funciones prevalecen en las sociedades laicas por otros medios y denominaciones); por lo tanto, el poder político necesita de acciones culturales significativamente simbólicas para legitimarse.

Y aunque la cultura en el ejercicio público no es siempre la prioridad de quien detenta el poder político, sí posee una serie de componentes para la construcción de sentido general a través de la regeneración, conformación, reconfiguración, continuidad y permanencia del imaginario cultural de una nación, que retroalimenta los valores que sustentan el comportamiento moral de una sociedad, entre ellos el del respeto y observancia de los poderes constituidos.

Sin embargo, el teatro también tiene un elemento transgresor muy importante: es capaz de hacer ver otras posibilidades de realidad, pero también es cierto que lo hace en un ambiente controlado, y con un procedimiento de espejismo construido, de discurso reglamentado, si no en la temática, sí en sus dispositivos de producción y enunciación. En este sentido la pregunta en el aire sería: ¿por qué debe legitimarse el teatro a través de una acción cultural dictada por quienes ejercen el poder, en aras del ejercicio y preservación del poder mismo?

Teófilo Guerrero es dramaturgo. Actor de vez en cuando, director espontáneo. Docente de mayoreo, y cuando así se requiere también escribe.

Teófilo Guerrero

 


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