Periodismo y teatro en Guadalajara

 


La tragedia como vestigio vivo de su tiempo

 

 
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En concreto

“No en todas las comunidades es posible que se genere la tragedia; éstas tienen que pasar por la prueba del tiempo que atropella, arrasa y quema, para que las palabras y las acciones que conlleva el género puedan tener peso…”

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Posted Diciembre 15, 2015 by

 
Lectura general
 
 

 

Sabemos del pasado por la suma de sus vestigios; inferimos como contemporáneos, a la luz de lo que sabemos ahora, aquello que ignoramos de ese entonces y, si esa lectura a partir de lo que sabemos desdeña las posibilidades de lo que ignoramos, más que pecar de pragmáticos, estaríamos pecando de soberbios.

Conocemos el pasado por fragmentos: un documento, un trozo de piedra labrada, una finca que se sostiene apenas flotando sobre sus cimientos, la tradición oral, los cuerpos determinados, las costumbres, la voz heredada. La Historia no es la historia, es decir, eso que nos muestra la educación elemental: fechas, nombres, discursos, monumentos, libros de texto y apologías oficiales sobre hechos irreconciliables, y una evidencia contundente en algunos países: si tenemos un pasado tan glorioso, por qué tenemos un presente tan terrible.

La tragedia ha sido históricamente el testigo incómodo, el que devela el rostro del asesino hacia el molino de la historia, aunque éste no tenga nombre, o se encuentre oculto, camuflado, su rostro sea inconfundible y la esencia irrefutable. William Shakespeare mostró la podredumbre de la Institución monárquica histórica frente a una monarquía local que se encarrilaba hacia el mismo punto; el Bardo inglés recibió aplausos, tal vez alguna amonestación en algún momento, pero el reconocimiento de la Historia, el de su pueblo y el del mundo bien valían la pena el riesgo:

Hamlet: (…) Yo he oído que hombres culpables, asistiendo a una obra, han sido heridos en el alma con tal violencia por la ilusión del teatro, que han proclamado sus delitos. Pues la culpa, aunque no tenga lengua, hablará con los más milagrosos órganos. Yo haré que estos actores representen delante de mi tío algo parecido con la muerte de mi padre. Observaré sus miradas y me daré cuenta inmediatamente. Si se estremece, ya sé lo que me toca hacer. El espíritu que yo he visto puede ser el demonio, y el demonio tiene el poder para presentarse bajo una agradable forma. Sí, y quizá aprovechando mi debilidad y melancolía, como tiene el dominio sobre tales espíritus, quiera engañarme y envilecerme. Conseguiré pruebas más efectivas que ésta. La representación será el lazo donde se enrede la conciencia del Rey.[1]

En este orden de ideas, no sabríamos si la realeza británica al aplaudirle pecaba de ingenua o de cínica, aunque las evidencias históricas dan para ambas posibilidades.

La tragedia forma parte de ese mecanismo que, dice Michel Foucault, transforma los documentos en monumentos[2], al consignar el Zeitgeist [3] de una época en un texto que se vuelve casi irrefutable, por su naturaleza artística.

En este mecanismo, el monumento, es decir, la afirmación concreta y “definitiva” de la “verdad” histórica oficial, se ve cuestionada por los vestigios, aun más concretos y coadyuvantes en el proceso de definición de los hechos que construyen la narrativa histórica objetiva, y que son los documentos, que no conforman un bloque narrativo-discursivo e ideológico, sino que contribuyen a deconstruirlo, antes que a destruirlo, desde la demostración de las rupturas, discontinuidades, umbrales, límites, series y transformaciones. Foucault apunta:

La historia del pensamiento, de los conocimientos, de la filosofía, de la literatura parece multiplicar las rupturas y buscar todos los erizamientos de la discontinuidad; mientras que la historia propiamente dicha, la historia a secas, parece borrar, en provecho de las estructuras más firmes, la irrupción de los acontecimientos [4].

La tragedia puede ser considerada parte de la historia del pensamiento, al hacer énfasis, desde sus historias, en estas rupturas, discontinuidades, umbrales, límites, series y transformaciones, visibilizando la síntesis de las pasiones, saberes y poder humanos en una época determinada, y en suma dar una visión global del espíritu humano frente a los grandes desafíos de la existencia, o cómo se han consignado las formas de saber, pensar y actuar de un tiempo específico, a la vista de un tiempo atemporal y al mismo tiempo transtemporal (si se me permite el término), sin juzgar, entregando los hechos a la reflexión.

Grecia ha sido leída de diferentes maneras con el devenir del tiempo, nos ha legado aquello que queremos que nos sea legado, como un supermercado de la historia, hasta un poco sin cuestionar el fondo del funcionamiento de su sistema, en el que el esclavismo jugaba un papel muy importante.

Del país helénico inferimos su historia, su Historia, o mejor dicho su devenir simbólico, en buena medida, a partir del corpus de tragedias en las que se aventura el génesis de su civilización, a partir de los accidentes de su devenir humano temporal, por ejemplo:

  • Las Euménides, o el fin de la venganza privada y la ponderación del juicio como procedimiento racional para el establecimiento de responsabilidades, sean legítimas o no las causas del delito.
  • La transición del poder absoluto y personal al poder como institución, y la valoración abstracta de la democracia: Edipo Rey, Antígona.
  • La apelación a un orden civilizatorio justo y racional: Las Troyanas.

Etcétera.

Ya en conjunto, y a la luz de los acontecimientos pasados y futuros, podría leerse que la tragedia es una apelación desde lo pasado, en un aquí y ahora representado, hacia un futuro que nunca termina de llegar, que siempre se está construyendo.

No en todas las comunidades es posible que se genere la tragedia; éstas tienen que pasar por la prueba del tiempo que atropella, arrasa y quema, para que las palabras y las acciones que conlleva el género puedan tener peso, y que conste que al decir comunidades no me refiero a países o naciones, sino a conglomerados humanos que tienen elementos en común, ya sea de sangre, raza, cultura, saberes, y tradiciones.

En un texto escrito en 1942 Roland Barthes dice:

(…) la tragedia es la más perfecta y difícil expresión de la cultura de un pueblo, es decir, una vez más, de su aptitud para introducir el estilo allí donde la vida no presenta sino riquezas confusas y desordenadas. La tragedia es la más grande escuela de estilo: ella enseña más a despejar que a construir, más a interpretar el drama humano que a representarlo, más a merecerlo que a sufrirlo [5].

El género tiende a renovarse continuamente, de acuerdo con esas “riquezas confusas y desordenadas” que constituyen la realidad.

En los años sesenta del siglo XX George Steiner sugirió la muerte de la tragedia, declaró que ya no había elementos para que ésta pudiera seguir existiendo y, aunque reconocía que existían las condiciones para su supervivencia, el hombre había decidido parcializar su visión, reducirla a ciertas pequeñas “tragedias” de lo cotidiano, como en Beckett:

(…) la poética minimalista de Beckett forma parte, a pesar de su carácter expresamente sombrío e incluso nihilismo, de las esferas de la ironía y de la farsa lógica y semántica, y no de la esfera de la tragedia. Es como si las mejores obras de Beckett, de Ionesco, de Pinter, fueran sátiras de tragedias no escritas, como Los días felices es el epílogo satírico a algún lejano Prometeo [6].

Hoy, la tragedia parece estar de vuelta; Steiner mismo, que en 1961 había diagnosticado su muerte, también reconocía que existían las condiciones para su renacimiento, a partir de recordar una ceremonia en China comunista:

¿No fue, acaso, en algún rito comparable de desafío y honras fúnebres donde comenzó la tragedia, tres mil años atrás, en las llanuras de Argos? [7]

En 2002, Wajdi Mouawad, escritor líbano-quebequense, escribe Incendios, como parte de su tetralogía La sangre de las promesas. En esta pieza Nawal Marwan, la protagonista, obliga a sus hijos a entrar en un rito de desafío a partir de sus honras fúnebres: ahora ya no hay dioses, seres superiores, o entidades abstractas y trascendentales (como lo supuso Beckett en Esperando a Godot) que resuelvan el estado de cosas; ahora hay un ser humano común y corriente, el que deberá desde el rito más antiguo del mundo recuperar la confianza en la humanidad, el amor.

Incendios nos trae la historia de esa interminable guerra entre las múltiples facciones del Medio Oriente; no sabemos cuál, eso lo deja Mouawad a la imagnación del lector-espectador; lo que sí podemos intuir es que es un drama que ya conocemos a través de las pantallas, tan lejano como cercano, pero aun todavía no reconocible como Nuestro.

Hoy más que nunca es importante, vital para el ser humano, que reaparezca la tragedia, o cualquier otra forma estética o artística que nos ponga de frente a eso que estamos siendo.

No sabemos si Incendios alcanzará o alcanza la categoría de tragedia contemporánea, porque este género no recibe la legitimidad del hombre común o de los críticos, tanto como a través del tamiz del tiempo. Ya veremos.

 

Notas

  • [1] Hamlet, segundo acto.
  • [2] Cfr. Foucault, Michel (2007). La arqueología del saber. Siglo XXI. México.
  • [3] Espíritu del tiempo.
  • [4] Foucault, Michel (2007). Pág. 8.
  • [5] Philippe Roger, autor de un ensayo sobre Roland Barthes, ha encontrado este texto olvidado del escritor. Fue publicado en 1942 en una revista de estudiantes. Roland Barthes tenía entonces veintisiete años. Nota de Le Monde, viernes 4 de abril de 1986.
  • [6] Steiner, George (2011). La muerte de la tragedia. Siruela. Barcelona. Pág. 13.
  • [7] Steiner, George (1991). La muerte de la tragedia. Monte Ávila. Caracas. Pág. 292.

 

Teófilo Guerrero es dramaturgo. Actor de vez en cuando, director espontáneo. Docente de mayoreo, y cuando así se requiere también escribe.

 

Para verificar

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Teófilo Guerrero

 


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