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Érase una vez: luchando guerras que no son nuestras

 


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“Imagina que alguien mata a uno de tus familiares. A tu mamá, a tu papá, a tus hermanos, a cualquiera. Luego, traen el asesino frente a ti. ¿Lo perdonarías?”. Esta obra dirigida por Marco Vieyra, sobre un texto de Jaime Chabaud, planteó en la MET 2018 esta pregunta

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Posted Septiembre 6, 2018 by

 
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Funciones de Érase una vez. Foto: Facebook Centro Cultural Tijuana.

Antes de que comience la obra, la teatralidad ya está presente. Los actores salen a escena estando fuera de personaje y nos comparten uchepos, comida típica de Michoacán, que son tamales hechos con maíz tierno y de sabor dulce. Bromean: “A los de arriba no les va a tocar, pero pueden olerlos”; “No trajimos para todos, así que van a tener que morderlo y pasarlo”. Ese acto de compartir, que genera convivencia y risas, me mantiene a la expectativa y me augura que voy a ver algo interesante y diferente a lo acostumbrado. Pienso para mí mismo: “Me gusta el teatro más que el cine porque el actor de cine jamás va a salir de la pantalla para compartirme algo de comer con tanto cariño”.

De pronto la luz se apaga y, como si se hubiera borrado de la mente de los intérpretes el cercano momento en que todos comíamos y bromeábamos, entran en personaje y el contraste es poderoso. De pronto, mucha energía se apodera de ellos. Corren por toda la escena como si huyeran de algo o como si buscaran algo, dejan ver en su trazo mucha seguridad y determinación, una teatralidad de gente que sabe lo que está haciendo y, si no lo sabe, no lo deja notar. Juegan con tablones largos de madera que, más adelante en la obra, serán suficientes para representar tantos lugares y objetos como necesiten.

Son migrantes y se encuentran en guerra. Una guerra que no es suya, pero que luchan para conseguir una vida mejor en una tierra que tampoco es suya pero a la que migraron para conseguir una vida mejor. Juegan a que matan, como en los videojuegos. Le niegan una vida mejor a otros a costa de la de ellos y les parece divertido. Van en un tanque hecho con los mencionados tablones y, luego, nos damos cuenta de que comenzaron en el punto alto de la obra, así que vuelven al pasado, cuando van con el pollero que los va a llevar por 100 dólares al otro lado de la frontera, mientras andan en desiertos con 45° de temperatura evitando a los cazadores de migrantes.

Usted, lector, ¿qué estaría dispuesto a hacer por su familia, por una vida mejor? ¿Soportaría los maltratos de sus compañeros en el army? ¿Cantaría un himno que no lo representa con fingido orgullo?”

Conocemos sus historias: un albino, una sudamericana; el principal: un michoacano que hace todo por su familia. La discriminación que viven en ese país cuyo idioma ni siquiera hablan. A veces rompen la ficción: “¡Hey tú! ¡Sí, tú! ¡El del celular! ¡Tengo mucho miedo!”, le dice un actor a un espectador que se distrajo, mientras su personaje está por cruzar la frontera y ese muro alto hecho, de nuevo, con los tablones.

A veces, los rompimientos van más allá de una simple frase. En un momento, los actores se detienen y hablan desde sí mismos, deteniendo el drama para darle un toque más íntimo a la experiencia. Una actriz nos habla de una bebé recién nacida en su familia por la que teme mucho, pues es mujer. Un actor nos habla de la muerte y de cómo espera recibirla, pues, a su edad, cada vez piensa más en ella. Estos rompimientos indicados por el director se incorporan al drama con el fin de apropiárselo, según cuenta Jaime Chabaud en una entrevista para Canal 22 (que usted puede ver aquí). De pronto me es imposible no pensar en mi familia. El contenido cobra mucho peso cuando se interpela al público tan directamente.

Usted, lector, ¿qué estaría dispuesto a hacer por su familia, por una vida mejor? ¿Soportaría los maltratos de sus compañeros en el army? ¿Cantaría un himno que no lo representa con fingido orgullo?

En escena también está un músico, que manipula una consola a la que entran las voces de los actores a través de micrófonos ambientales en el teatro. Resuenan sus ecos en todo el foro con estruendo y dan una ambientación sonora creada en el momento por los juegos del músico, que nos hace sentir desesperación, miedo, angustia.

Es un hecho que es una obra veloz y no, no es que deban bajar su ritmo, pero ¿en esa velocidad no hay claridad o no fui lo suficientemente perspicaz para mirar a detalle?”

Con todo lo que señalo de poderoso en el montaje, de interesante, de trabajado, me queda una sola pregunta, que nace de algunos cuantos momentos en los que el trabajo presentado el martes 4 de septiembre, con todas estas características, perdió mi atención o me hizo no entender del todo lo que estaba sucediendo: ¿fallé como espectador o ellos fallaron en ser claros? Es un hecho que es una obra veloz y no, no es que deban bajar su ritmo, pero ¿en esa velocidad no hay claridad o no fui lo suficientemente perspicaz para mirar a detalle?

Quizá la respuesta es un poco de ambas. En todo caso, aunque reitero que se trata de un trabajo fuerte y cuidado, la cuestión dramática, es decir, la historia, pudo haber perdido el sentido por momentos en estas dinámicas de apropiación y entre tantos juegos físicos.

Por último, cierro esta reseña con una frase que saco de contexto de la obra, y que resonó en mí más allá del final de la función: los actores, en estos momentos de rompimiento, se preguntan entre ellos: “Imagina que alguien mata a uno de tus familiares. A tu mamá, a tu papá, a tus hermanos, a cualquiera. Luego, traen el asesino frente a ti. ¿Lo perdonarías?”. Tras dudar un poco, uno de los actores contesta con sobriedad: “No sé si habría perdón sin justicia”. Usted, lector, ¿lo perdonaría?


Jorge Arturo Tovar

 
Estudiante de la licenciatura en Relaciones públicas y comunicación de la UDG. Colaborador en Radio UDG. Se forma como actor, dramaturgo e improvisador.


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