Periodismo y teatro en Guadalajara

 


 
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Departures: la forma, el fondo, los cubanos ausentes y el público que se salió de la función

 
 
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Atención

La performance en escena del grupo cubano El Ciervo Encantado fue uno de esos sucesos curiosos de las Muestras de Teatro en Jalisco; llenó el espacio Foro Larva, pero varias personas fueron saliéndose conforme descubrieron la estrategia escénica: una actriz dedicada a contar su experiencia de emigración y a leer cartas de otros emigrados… y no mucho más

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Posted Septiembre 3, 2018 by

 
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“Quiero volver sin mirar atrás, poder vivir para perdonar; quiero sentir, quiero regresar a la Cuba mía”.

—Canción de Celia Cruz, Miliki y Willy Chirino.

Momentos de Departures en la MET Jalisco 2018. Foto: Ágora TeatroGDL.

I: Lento

Últimamente me topo con muy variadas denuncias de lo aburrido. En la universidad, los profesores son “lentos”, “cuadrados”, “convencionales”. En el periodismo, los géneros son “poco dinámicos”, “esquemáticos”, “inmóviles”. En el teatro, por supuesto, la queja es similar: que la ejecución “no te atrapa”, “no te mantiene atento”, “hace lo mismo y lo mismo y no pasa nada”.

Como coincidencia, estas denuncias tienen lugar en contextos donde los performances (en el sentido amplio) suponen la exigencia de poner atención a acontecimientos que se desenvuelven lentamente, como la exposición docente de una teoría que requiere de argumentación previa, contextualización amplia y ejemplificación concreta para no perder de vista la universalidad de lo propuesto: si no incluyes un prezi o un video en medio del proceso, nadie te pondrá atención. Si no animas con dispositivos interactivos tu reportaje, la gente no leerá tantísimo texto. En lugar de clase, Tedtalks con carisma magnético; la cátedra como-en-otros-tiempos, donde un señora o una señora listos decían cosas sin que los interrumpieran porque lo interesante era escucharlos, pasó de moda. Decir cosas interesantes no basta, en muchos casos, sino que es necesario además hacerse interesante.

Todo lo anterior supone muchas preguntas, pero me estoy refiriendo a la suerte curiosa que tuvo la función de Departures, la performance en escena del grupo cubano El Ciervo Encantado, en la MET Jalisco 2018, la noche del 2 de septiembre, en el Foro Larva. Entramos las alrededor de 200 personas que se esperaba que llenaran el cupo previsto, los que no pudieron llegar supieron que sus boletos fueron vendidos por los amigos a quienes buscaban un sitio, en las filas de gradas había numerosos jóvenes, obviamente gente de teatro: los jóvenes que empiezan a apropiarse de la escena teatral de Guadalajara. Y a media función empezó a salirse parte del público.

Tomado de Ms. Hidalgo Classroom.

Departures: ¿es aburrido? ¿Por qué se salieron las veinte o treinta personas que se salieron de esa función? ¿Tuvo que ver con el formato de performance que elige esta pieza (no es un espectáculo, de hecho no es una obra de teatro, lo dijo bien claro el par de autoras), que está basado en que una actriz se para ante el público a contar historias, bien hablándole de forma directa o bien leyéndole cartas ajenas?

En Departures apenas hay música, salvo canciones específicamente elegidas que funcionan como cortinillas. No hay diseño sonoro ni animaciones ni proyecciones que acompañen los largos discursos de la actriz Mariela Brito. No hay cartulinas con textos provocadores, no hay un trazo escénico que ponga a la actriz a moverse por el espacio para representar nada: ni las voces a las que da voz, ni las historias que narra. En escena, las seis hileras de sillas de plástico propias de la sala de espera de un aeropuerto; sobre varias de ellas, retratos de personas que, según nos enteraremos, salieron de Cuba. La actriz que ejecuta la acción en escena nos cuenta cómo por seis decenios Cuba ha vivido un continuado proceso de emigraciones que han sido en realidad éxodos o exilios: expulsiones, escapes, huidas desesperadas, patadas en el trasero nacional contra gente que cometió el pecado de no obedecer al Estado. Brito además emplea una actoralidad sobria, calculada, en la que cada palabra merece una meticulosa dicción, cada oración una pausa como si su voz fuera la arena de un reloj y no fuera posible pronunciar el siguiente enunciado sino hasta que el último grano hubiera caído. Palabras, dirigidas al público, durante hora y media.

“La forma era plana; habría dado igual leer el contenido que ir a verlo”.

“Era más bien una instalación, en lugar de un performance”.

—Espectadores consultados.

En suma: un espectáculo lento (pero no es un espectáculo). Lento porque está dedicado a las palabras escogidas para contar historias y reseñar biografías. Lento sin prezis, sin videos de apoyo para que los espectadores encuentren algo “más dinámico”, “móvil”, que “los atrape”. Pero, independientemente de que hubiera recurrido a elementos audiovisuales para acompañarlo, lento al fin. Innegablemente lento.

¿Es aburrido todo lo lento? Todo lo que ha sido deliberadamente puesto con parsimonia en escena, ¿puede ser entretenido, atractivo, llamativo? ¿Es necesario hacerlo entretenido, atractivo, llamativo, o puede ser eficiente sin necesidad de procurar tales estrategias de atención del público? Y al final, ¿algo lento es necesariamente algo inteligente? ¿Algo inteligente será mejor si es expuesto con lentitud?

El tema de la velocidad (“era demasiado lento”, me dijo un espectador) es un rasgo de forma que no necesariamente modificaría el contenido de Departures: lo dicho, lo esencial, sería igual. ¿Es forma siempre fondo? Es importante contestarlo porque la MET y el Foro Larva dispusieron un escenario con gradas que suponían que el público iría a ver teatro: que atestiguaría un espectáculo, y no solo un performance que hiciera dispararse una acción viva en el momento.

Y al final: ¿se salieron los espectadores que se salieron porque se aburrieron (algunos me dijeron que sí, a otros no pude preguntarles)? ¿Se salieron porque pasaba de las nueve de la noche y no alcanzarían camión?

En el teatro nos quedamos bastantes personas.

 

II: Cuba

Seis décadas de decirle a la gente: si quieres tener este país en el que naciste, obedeces la versión de este país que este Estado tiene para ti. Muchísima gente asumió que el Estado tenía la razón, y aun convino con su gobierno que lo ayudaría a expulsar a todos aquellos que disidieran siquiera un poco. Y a expulsar gente se dedicaron, los cubanos y su gobierno: por si la prolongada crisis económica que vivió ese país hubiera pasado y punto, por si el torbellino de lo político y de lo ideológico no hubieran azotado mar y tierra lo suficiente, la gente se unió a su gobierno en el fin de correr de la isla a los indeseables.

Otros se fueron por la pura pobreza. Otros se fueron porque se sentían amenazados por la jerarquía de lo político en la vida cotidiana. Por supuesto, Departures ilumina una de las facetas más indignantes del régimen castrista y cualquiera de las historias que se narran durante esta pieza escénica es suficiente para estrujarle a uno el corazón, para lamentar el modo en que los gobiernos separan a familias y a amigos y a amantes, para ver la mezquindad y el emponzoñamiento moral en la acción de las masas convencidas de que solo ciertas personas tienen derecho de compartir el espacio nacional: el espacio público expropiado por el Estado.

La mínima sospecha de parcialidad obliga a preguntarse desde qué lado habla El Ciervo Encantado con Departures, si no habrá asumido igualmente una agenda política. Pero el teatro son historias. Y cada historia es siempre una biografía. Y las biografías provienen de voces que provienen de gente de verdad, seres humanos que abandonaron o debieron abandonar su isla. Y por eso cada historia individual en Departures es tan desesperante, tan desoladora y tan conmovedora. Cada fotografía en la sala de espera donde Mariela Brito aguarda a que llegue su turno para irse de Cuba de nuevo es, en realidad, una persona apartada de su mundo y de las personas a las que conocía; y con esa persona, su familia, sus seres queridos, sus amigos despojados de una biografía por ser escrita.

Brito lee en escena cartas de personas —familiares suyos, gente común y algún personaje público— que intentan explicar por qué se fueron. Los testimonios van del alivio resignado a la amargura rabiosa, con un amplio espectro de tristezas en el medio.

“Que hoy nos pregunten por qué nos fuimos ya es un signo de que han cambiado los tiempos, aunque sigo creyendo que hay más razones para irse que para quedarse”.

—Enrique, en uno de los testimonios de Departures.

Muchos de ellos son exiliados antes del exilio: gente que descubrió que no cabía en Cuba, lo mismo en los años sesenta que veinte, treinta y cincuenta años después, porque le quitaron todo lo que tenía y le dijeron que no tenía alternativa más que obedecer; gente que reventó de cansancio en trabajos forzados, gente que fue quedándose sin amigos en la ciudad. Y una galería tan abundante como repugnante de motes: indeseables, infelices, apátridas, traidores, no integrados…

La actriz va pasando de una carta a otra, de una fotografía a otra, con sus propias anécdotas a guisa de largo testimonio. La puesta en escena es simple: Mariela está esperando su propia salida, su despegue, y la sala de espera está llena de aquellos que se fueron antes; la actriz le platica al público, como para matar el tiempo antes de irse, porque no tiene nadie más con quien hablar.

¿Qué sabemos sobre Cuba que sea verdad? Tras sesenta años de castrismo, que fueron sesenta años de emigraciones, ¿quién cuenta la verdad-verdad? ¿Los que se fueron, los que se quedaron, los que han regresado?

En el teatro, sin embargo, hasta la lectura sobria de una carta adquiere la condición de la voz de una persona que dice la verdad; aun si, en lugar de una obra de teatro, El Ciervo Encantado nos mostraba una performance en escena. La gente que se salió de la función de Departures se perdió del modo en que, discretamente, el dramatismo de las historias fue subiendo de intensidad, de modo equivalente a como fue agravándose en Cuba el conjunto de condiciones que hicieron irse a muchos cubanos. “No integrados”: personas convertidas en objeto de los actos de repudio para conjurar la amenaza a la identidad nacional, aunque fueran gente, vecinos y amigos de toda la vida. Una condición de “no integrados” que se perpetúa: toda la vida, según esta ideología, habrá que ser integrado para ser cubano, o no integrado y asumirse “gusano” del que hay que deshacerse. Expulsados en balsas hechas con llantas de carro, como en los años noventa, o en forzados procesos de expatriación que suenan más bien a purgas.

En la función de Guadalajara hubo más de un espectador llorando. De repente la sala de espera era una Cuba llena de gente que está esperando a volver; no por casualidad, entre las sillas alrededor de la actriz uno de los rostros era el de la famosa cantante Celia Cruz, símbolo del Miami cubano o de la Cuba miamiana.

 

III: Aplausos

Al final hubo un carrusel de fotografías proyectadas en lo alto, documentación de cada proceso de expulsión de gente pero también denuncia de que las emigraciones siguen, que aun hoy hay gente que deja o debe dejar Cuba, que lo hace a solas o en masas, en hileras de gente que cruzan países extraños, y que huye de su isla por cualquier medio, aun si se pone en peligro. Luego, un aplauso para Departures, emocionado y extendido, pero con un público reducido respecto al principio de la función; y finalmente, el público caminando entre la instalación de las sillas y retratos, leyendo más cartas, mirando los rostros de los protagonistas de este trabajo.

¿Cómo será recordado Departures en la Muestra jalisciense? Sin duda, no como un espectáculo “dinámico”; algunos espectadores se animaron a comentar que, efectivamente, la pieza venida de Cuba podía haber recurrido a otras estrategias escénicas para contar sus historias, dar voz a sus cartas y recuperar sus testimonios. Una pregunta amplia es si Departures necesita recursos así: ¿no es su intención discurrir con parsimonia, testimonio por testimonio, en el camino rumbo a un coro de silenciados? Y si lo es, ¿le vendría mal un anclaje de activación actoral más diverso, que efectivamente ofrezca al público, quizá, otras formas de asirse a la pieza escénica? ¿Es suficiente, pues, con que una actriz se siente a leer y a platicar? O, como escuché en otra plática sobre el tema, ¿para leer cartas es necesario abrir un foro de teatro?

Para algunos espectadores, Departures fue tan solo un trabajo escénico que agotó su paciencia; algunos lo hallaron retador; unos más no solo llegaron hasta el final: hallaron algo que ver, escuchar y pensar: un mundo de historias que devienen biografías, vidas de personas, que retratan a un país en fuga perpetua. Una Cuba escindida para siempre, por hijos que se fueron y dejaron sin hijos a sus padres, amigos que se convirtieron de la noche a la mañana en enemigos, vecinos que merecían tan solo el trato de antisociales.

No hay duda sobre el tema tan conmovedor, tan emocionante y tan inesperado de Departures, una verdadera denuncia de una tragedia muy latinoamericana, un documental de enorme relevancia para contar una parte de nuestra historia. De su formato y su resultado, visto en la función de la MET Jalisco, ya se dirán otras cosas. Sobre todo si se conviene en que la forma es fondo y que, por causa de la forma, el fondo puede ser tildado de aburrido.

 

El cuarto país de AL con más emigración

En la prensa internacional hay numerosos trabajos acerca de las migraciones de Cuba. Éstos son algunos que quizá amplíen la idea sobre la complejidad de esos procesos, que, como afirma Departures, siguen afectando a los cubanos.


Iván González Vega

 
Periodista en Guadalajara, México. Estudiante de actuación. Profesor de ciencias de la comunicación y periodismo.


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