Periodismo y teatro en Guadalajara

 


Víctor Castillo: sobre LEGOM, los pobres personajes y los feudos del teatro local

 

 
Lo básico
 

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Domicilio: Prolongación Alcalde, frente al Code Jalisco
 
Precios: $100 general, $70 estudiantes, maestros y tercera edad con credencial; $240 grupos de 4 personas
 
Horario: En febrero de 2017: sábados 11, 18 y 25, 19:00 horas; domingos 12, 19 y 26, 18:00 horas
 
Temporada: Primera temporada en febrero de 2017
 


En pocas palabras

Un irlandés que quiso independizar a la Nueva España y sus similitudes con la política mexicana del siglo XXI son el pretexto del cuarto montaje que el experimentado director Víctor Castillo hace sobre un texto de LEGOM

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Posted Febrero 25, 2017 by

 
Qué hay que saber
 
 

Un tipo quiere hacer libres a los habitantes de la Nueva España. “Libres” significa independientes, según nos ha enseñado la Historia. Es un irlandés medio loco, se llama Guillén de Lampart, dice que es hijo del rey Felipe III. No está en la Historia; no es mainstream. Hubo que esperar 150 años para que alguien “liberara” a la Nueva España, cuando ya estaba de moda independizar colonias. Lampart había organizado una bonita campaña viral de panfletos impresos; no le salió porque nadie sabía leer. #Inquisición #Hoguera #AsuntoArreglado

Y aquí estamos, hablando de él.

Lampart, o de cómo colarse a la Historia, es un texto del tapatío LEGOM que sirve a Víctor Castillo y un grupo de actores para un montaje con el mismo nombre, ganador del programa de apoyo al teatro Jalisco a Escena de la Secretaría de Cultura estatal y con el compromiso de dar 20 funciones en Guadalajara y otros municipios. Tras un Miércoles de Teatro en 2016, presenta una breve temporada en febrero de 2017 en el Teatro Alarife Martín Casillas.

La pregunta para el experimentado director Víctor Castillo es obvia: ¿qué tiene LEGOM, que ya lleva cuatro obras suyas montadas? Lampart llega después de Civilización (2016), Demetrius (2009) y Sensacional de maricones, hoy todavía vigente desde su primer montaje en 2007.

Castillo concedió la siguiente entrevista al respecto, generoso con su lectura de la dramaturgia del autor mexicano, concreto cuando se trata de denunciar la falta de respaldo que padeció el nuevo montaje, clarísimo al establecer que hace el teatro que puede, tan bien como le sale, sin esperar a que se lo aplaudan.

LEGOM y Lampart

 

Sus textos son de un descarnado tremebundo; si uno se queda en la superficie, pareciera que no le da oxígeno a nadie; ¡no hay esperanza alguna, putos, todos estamos desahuciados! Me provoca como director y, al conjunto de los actores, los provoca a reflexionar—¿Qué hay en los textos de LEGOM que te interesan tanto?

—¿Qué hay en los textos de LEGOM que te interesan tanto?

—Quizá lo primero es que su escritura dramática no parece teatro, sino narrativa; eso me da, como director de escena, la opción de una lectura tremendamente libre; cuando lees sus textos no sabes si está hablando un personaje u otro, si es una acotación, si es anotación del autor. Esta incertidumbre es muy provocadora. En segundo lugar, su irreverencia, total y absoluta, sin ninguna complacencia. Y quizá la tercera razón es que me cae muy bien; es un bato, como poca gente de teatro que yo he conocido, de una sola pieza, transparente; si no le gusta lo que hiciste con sus textos, te lo dice, no se anda con mamadas: “Güey, hiciste una mamada, cómo se te ocurre”. Y ya, no pasa nada.

Castillo subraya que encuentra en los textos de LEGOM no sólo incorrección, sino también “provocación” política, “sin el menor respeto para nadie”. “Es más: por lo que veo, nunca simpatiza con sus personajes, los trata de la chingada. Sus textos son de un descarnado tremebundo; si uno se queda en la superficie, pareciera que no le da oxígeno a nadie; ¡no hay esperanza alguna, putos, todos estamos desahuciados! Me provoca como director y, al conjunto de los actores, los provoca a reflexionar sobre la condición humana. Pero sí hay una esperanza: hay que escarbarle y ver dónde la encontramos”.

Pero el primer atractivo en esta obra, dice el director, era “la terrible similitud” entre la Nueva España que dibuja la obra y el México contemporáneo: “Seguimos siendo un pueblo vituperado, sobajado, connacionales que no creemos en nuestros sueños, que nos vendemos, en una sociedad dominada por los poderes fácticos. En aquel entonces rifaban la Corona española y la Santa Inquisición; hoy no estamos muy alejados, en un estado donde el cardenal (Juan) Sandoval Íñiguez sigue dictándole la plana a la clase política”.

Sobre todo, la obra insiste en el ridículo de Lampart, agitador que imprime textos subversivos para un país analfabeto. Pero tampoco deja enteros a los mexicanos.

Función de Lampart. Foto de Dánae Kótsiras.

“¿Quién queda bien parado en las historias de LEGOM?”, pregunta el director. “No hay quien se reivindique. A veces digo: ¡salva a alguien, güey!, pero no salva a nadie”.

Castillo recuerda que hacia 2012 el dramaturgo escribió Cayendo con Victoriano, acerca del responsable del golpe de Estado contra Francisco I. Madero, Victoriano Huerta. “Un poeta que era simpatizante de Huerta, la clase intelectual, la política: de pinches traidores no los baja. La historia la narra la esposa del embajador norteamericano. Esto es maravilloso en la dramaturgia de LEGOM: le da la vuelta a las historias”.

¿Cómo se traslada todo eso a la escena? Castillo admite que “uno dirige como puede, no como quiere. Son esas contradicciones a las que uno se enfrenta. No tenía la más puta idea de cómo iba a hacerlo (Lampart). Es más: no sé si se resolvió (…) Hice lo que pude y estoy contento con el resultado. Se pudo haber hecho más, pero, como dicen que decía Stanislavski, siempre falta una semana de ensayos”.

El apoyo y la comunidad

Víctor Castillo subraya el esfuerzo de su grupo de actores para el montaje que puede ver el público durante febrero de 2017 en el Teatro Alarife Martín Casillas, tras un proceso largo para armar elenco. Lampart, sin embargo, posible gracias al programa de apoyos Jalisco a Escena, tuvo otros problemas que sortear.

En concreto, el director se refiere al apoyo logístico de la Secretaría de Cultura de Jalisco, un tema importante porque la obra debe dar funciones en municipios fuera de Guadalajara.

“Se concentraron en darnos el dinero y haz de cuenta que después ya no existió el proyecto para ellos. No tuvimos acceso al teatro para ensayo general. No nos prestaron un día un salón para ensayos. Saben desde junio que somos nosotros, están obligados a armar la gira… ¿Quién se cree la Secretaría de Cultura para reservarse el derecho de uso de los espacios que le corresponden a la comunidad?”.

 

—Este año hay quejas por el impuesto de 7% a espectáculos en el municipio de Guadalajara y la intermediación de empresas boleteras.

—Fíjate nada más la ignorancia de los empleados del Ayuntamiento: Secretaría de Cultura (estatal) te obliga a que le pagues Ticketmaster, que se queda con un porcentaje del boleto que imprime, tienes que pagar el porcentaje del teatro, tienes que pagarle al que te va a visitar, ¿y aparte el impuesto?

 

—La relación con las instituciones, entonces, sí influye.

—Por lo menos en quienes aspiramos a hacer un teatro profesional. Resulta que las instancias estatales y municipales se vuelven los peores enemigos de los creadores.

Una imagen de Lampart. Fotos: Esaú Hernández/Facebook Casa Productora Festen.

 

Yo hago lo mío, no me rasgo las vestiduras por no ser monedita de oro del público o de la comunidad teatral. No podemos seguir siendo la cofradía de los halagos mutuos

—Hace años, tú decías ver mayor interés del lado de los artistas por profesionalizar al teatro local.

—Las instituciones son cosa perdida; están peor que hace diez años. Entre los artistas, sí, sí veo un esfuerzo por profesionalizarse. Pero el quid no es si quiero hacer mejor las cosas; es para qué. No hemos logrado entender, y me incluyo, que trabajamos en nuestros pequeños feudos. Tampoco estoy hablando de que ay, sí, seamos hermanitos. Cada quien puede hacer su propia poética, por decirlo de alguna manera, su propia línea de trabajo, su propia metodología, su propio modo de producción, y a la vez ser comunidad. (…) A lo mejor, artísticamente, ves mejores montajes que hace diez años; han surgido directores, autores, infinidad de actores y actrices; el problema es que crecen en islas, en feudos.

“Esto tiene un montón de inconvenientes: la ortodoxia es la que domina, no hay posibilidad de divergencia, de desacuerdos, porque soy yo o el caos, no hay posibilidad de diálogo porque entonces el resto se siente amenazado en su feudo… ¿Cuál es el origen de esto? Yo no lo sé. Ya estoy en una edad en que no me interesa: yo hago lo mío, no me rasgo las vestiduras por no ser monedita de oro del público o de la comunidad teatral. No podemos seguir siendo la cofradía de los halagos mutuos (…) Y así los educan, ¿eh? Los maestros están educando a nuevas generaciones en esos modos de relaciones humanas”.

 

—Los directores de tu generación son identificados hoy como maestros de…

—A mí me vale madre. Yo no quiero ser maestro de nadie.

 

—Cuando los jóvenes que estudian hoy, voltean a ver a generaciones anteriores, los encuentran a ustedes, que siguen activos.

—Nunca me he deslindado de esa responsabilidad; somos corresponsables.

 

—¿Estás decepcionado del teatro en Guadalajara?

—No del teatro; de las instituciones. Me desespera que traten del culo a la comunidad cultural y que nadie haga nada. Yo no pongo en cuestionamiento la calidad artística de la comunidad, me parece heroica: en condiciones adversas, salen directores, actores, montajes, de muy buen nivel. Lo que me tiene desencantado es la comunidad cultural como comunidad, que no se defienda ante los atropellos de las instituciones; hay gente… cabrones que se quedan callados con tal de no perder contratos. Y no dejo de respetar su calidad artística; lo que me parece deleznable es su no solidaridad; o que llaman al gremio sólo cuando ellos tocan tambores de guerra: entonces sí hay gremio, cuando se sienten ofendidos. Yo ya no tengo quince años; es la única ventaja del tiempo: que no te da la mínima chance de apendejarte. Es lo único que me ha dado el tiempo, lo único en lo que confío. De lo otro, de lo creativo, de lo artístico, desconfío como la primera vez que dirigí: a dónde va este montaje; no lo sé: Dios me agarre confesado y vámonos.

 

—¿Se disfruta del teatro cuando perteneces a una comunidad así?

—Aunque no me lo puedas creer, cuando voy al teatro, si el montaje me gusta, voy y felicito a los actores y al director. Creo tener la suficiente candidez, perdóname lo estrambótico de la expresión, para disfrutar de un montaje que, aunque carezca técnicamente de calidad, yo me cobro con el esfuerzo sincero de los actores. Prefiero ver a un actor, vacía la escena, y disfrutar su trabajo, a cuando una superproducción disfraza las carencias del creador. A mí no me impresionan las producciones; me impresiona y me cautiva el trabajo del actor. A veces ni escucho si hay música. Veo al actor, su conmoción en los momentos clave, me pongo a su disposición para que me sorprenda. Eso veo yo en el teatro. Si no descubro eso, la obra no tuvo nada de importante para mí.

 


Iván González Vega

 
Periodista en Guadalajara, México. Estudiante de actuación. Profesor de ciencias de la comunicación y periodismo.


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