Periodismo y teatro en Guadalajara

 


Cada palabra pesa en Clausura del amor

 
 
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Precios: $200 general, $150 con descuento, $130 preventa de sábado a miércoles
 
Horario: Jueves y viernes de febrero, 20:00 horas
 
Temporada: Estreno en febrero de 2018
 


En pocas palabras

El montaje que La Nada Teatro estrena en 2018 pone de nuevo el acento en una retórica sin desperdicio; ¿cuán lejos deben llegar los dos valientes actores enfrentados al reto de esta famosa obra de Pascal Rambert?

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Posted Febrero 6, 2018 by

 
Qué hay que saber
 
 
  • Una versión más breve de este texto se publica en el periódico El Informador.

El teatro no es literatura, pero la literatura hecha para el teatro es un campo de enorme valor artístico. Es el caso de La clausura del amor, del director y dramaturgo francés Pascal Rambert, una obra muy popular en Europa desde su estreno en 2011 y que durante febrero de 2018 se presenta en Guadalajara (Estudio Diana, jueves y viernes, 20:00 horas).

Los responsables son el grupo tapatío La Nada Teatro y su director, Miguel Lugo, que se han distinguido a lo largo de 10 años precisamente por defender el lugar de la palabra escrita en el teatro. Han presentado a Steven Berkoff o a José Watanabe en montajes que respetan casi al pie de la letra los textos originales.

Y al texto de Rambert no le sobra ni una palabra. En él, los dos integrantes de un matrimonio hablan acerca del final de su relación. Primero el hombre, que le avisa a su pareja que su relación se ha acabado, y luego ella, que reacciona a la tajante decisión. El rasgo más notorio es que no se trata de un diálogo, sino de dos monólogos: primero escuchamos durante cuarenta minutos a uno y luego, a la otra. Son dos personas que han fracasado en el amor; han vivido juntas por años, han tenido hijos y sobrevivido a otras amenazas; son, además, dos personas cultas: han rumiado por mucho tiempo cómo se sienten en su relación sentimental. Sobre todo son conscientes de que sus vidas están fundidas: cada uno está tan mezclado con el otro que separarse sería romperse. Solo falta dar el último paso.

Este último paso se da en el lenguaje. El primero en hablar es él, que primero avisa (“Vengo a decirte que esto se ha acabado”) y luego no puede contener su lengua. Jura que ha pensado lo que va a decir y no va a tolerar que ella no escuche cada palabra. Él dice perseguir la precisión porque cree que ha diagnosticado el final sin posible réplica. Y advierte: no hagamos de esto un drama, que sea un simple resumen; y hay que decirlo, afirma, porque solo existe aquello que se enuncia.

Los dos protagonistas del texto son conscientes del poder que tiene el lenguaje, cada palabra que utilizan para nombrar la clausura de ese amor: el lenguaje los constituía y, al sentenciar la relación, lo han violentado: como una cámara frigorífica vacía, donde ya no se oyen los gritos de los animales que iban al matadero porque solo quedan su sangre y sus restos…”

Ella tiene después su turno al bate, y tampoco va a tolerar que él no la escuche. Lo que dice es que no sabe quién es el hombre al que acaba de escuchar. No reconoce su relación en el resumen que él ha hecho: si de verdad nunca hubo un amor que fuera a perdurar, entonces ¿qué estaban viviendo? ¿Tenía nombre, existía de verdad? Ella deduce una contradicción y le advierte: ahora, que hemos hablado, cada recuerdo será como una esquirla clavada en la carne.

Los dos protagonistas del texto son conscientes del poder que tiene el lenguaje, cada palabra que utilizan para nombrar la clausura de ese amor: el lenguaje los constituía y, al sentenciar la relación, lo han violentado: como una cámara frigorífica vacía, donde ya no se oyen los gritos de los animales que iban al matadero porque solo quedan su sangre y sus restos. Ambos subrayan la necesidad de ponerle nombre a cada emoción, de convertir en sustantivos y verbos cada derrota de la vida en pareja. Cada paso que sea proclamado hará que finalmente ocurra la separación.

En las reseñas de libros, teatro o películas es lugar común apuntar calificativos acerca de la precisión y la contundencia de este tipo de trabajos: “No saldrá indemne de este espectáculo”, se le dice al público; o se destaca su carácter “implacable”; o se recurre a otro cliché muy útil: la analogía “clínica”, el cuidado “milimétrico” con que el texto “disecciona” sus elementos.

Para leer

Clausura del amor soporta esos lugares comunes. Rambert caracteriza a sus personajes como un par de adultos que han digerido hasta la náusea sus sensaciones ante un amor maduro y ahora van a hacerlas existir con el irresistible peso de las palabras, que son tangibles porque viven para siempre en quien las dice y quien las recibe. Eso sí, la verborrea consiguiente puede ser muy aburrida para espectadores que no estén dispuestos a poner atención; los dos monólogos van dando forma lamentable a las lamentables cosas que pensamos al hablar de un amor que se nos muere. En uno de los momentos más tristes de la obra, ella lo define con sencillez: siente que las palabras le estallan, o se le caen de la boca, como frutas que se hubieran podrido en lugar de madurar.

La Nada Teatro enfrenta Clausura del amor con recursos escénicos muy similares a los que empleó en otros montajes, como la presencia limpia de los personajes en escena: dos personas igualadas por el vestuario y un escenario vacío. Los intérpretes son Andrés David y Erandi Rojas, y no tienen nada más que sus competencias verbales y físicas para encarnar (poner en la carne) las ideas con que se atormentan sus personajes.

Pero atención: son dos monólogos de hora y media. Vivos, ardientes y estrujantes, pero largos textos al fin. Hay espectadores a los que esta invitación ahuyentaría en automático. Lo curioso es que, ante textos como éste, el teatro se vuelve muy interesante, incluso si fracasa. Andrés David y Erandi Rojas deben intentar una actuación muy compleja que puede romperse por lo más fino, precisamente porque cada palabra en el texto de su trabajo es una idea nueva, y provoca un estremecimiento único cada vez. Si los actores no son emocionantes, el texto no lo será. En la segunda función de esta temporada, el viernes 2 de febrero, el público del Estudio Diana aplaudió con mucho gusto a Andrés y Erandi, que recibieron esa reacción todavía conmovidos.

Es difícil juzgar a los actores ante tamaño reto, pero debe decirse que los dos tapatíos son actores muy competentes y que, por eso, queda la sensación de que todavía pueden ir más lejos. Erandi Rojas logra, por ejemplo, superar las reglas que va construyendo el montaje, sobre todo en los instantes de mayor vulnerabilidad de su personaje: lo sabrá cualquiera que haya estado en una ruptura en la que cabe la oración “intentémoslo de nuevo”.

Pero, ¿son suficientes los esfuerzos de los dos actores tapatíos para darle carne a las palabras del texto, para convertirlos en un ejercicio dramático que muestre al público todas las palabras, las “precisas”, “implacables”, “clínicamente medidas” palabras de Clausura del amor? ¿Tendrían que llegar, los actores, mucho más lejos en la presentación corporal del sufrimiento, o justo es la parquedad y la contención el mecanismo ideal para vivir palabras tan tremendas? En una obra tan cerebral y calculada, más queremos que los actores se entreguen por completo: si el texto ya está vivo, ¿qué va a darnos el actor?

El público tendrá mucho que decir. Hay que subrayarle la advertencia: es una obra armada con dos monólogos a lo largo de noventa minutos. En realidad lo que agradecerá La Nada Teatro es que el espectador se siente a ver y escuchar con atención Clausura del amor y decida si comparte la mordaz experiencia o si, tan solo, lo deja frío.

Una sugerencia: apague el celular. Valdrá la pena.


Iván González Vega

 
Periodista en Guadalajara, México. Estudiante de actuación. Profesor de ciencias de la comunicación y periodismo.


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