Periodismo y teatro en Guadalajara

 


Entre machos, machas, mochxs y las dificultades del teatro cabaret

 

 
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Domicilio: Estudio Diana: 16 de Septiembre y Mexicaltzingo, junto al Teatro Diana
 
Precios: $120 general, $100 con credencial de descuento
 
Horario: Sábados 9, 16, 23 y 30 de abril, 20:30 horas; domingos 10, 17 y 24 de abril y 1 de mayo, 18:00 horas.
 
Temporada: Segunda temporada en abril y mayo de 2016
 
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En pocas palabras

Beatriz Hernández y la Minerva se bajan de sus pedestales y al calor de unos chupes le piden cuentas a Guadalajara sobre la violencia de género. Sara Isabel Quintero y Lucía Cortés, sus intérpretes, se diverten en esos papeles… después del reto que fue este montaje de cabaret

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Posted Abril 8, 2016 by

 
Qué hay que saber
 
 

Dos actrices experimentadas, un tipo de teatro muy popular. Cualquiera pensaría que ellas pueden con el paquete, pero Lucía Cortés y Sara Isabel Quintero se metieron en problemas cuando su director César Enríquez las puso a trabajar en el montaje de cabaret con el que, durante abril de 2016, vuelven a temporada: Entre machos, mochas y mochxs, somos bien muchxs.

En el espectáculo, la Minerva y Beatriz Hernández, estatuas guardianas de Guadalajara, se bajan de sus pedestales para ir a encontrarse en la Plaza de los Mariachis, y aprovechan para pasarle revista a temas de género que la ciudad tiene pendientes. Lo que sigue es todo un juicio en clave de teatro de carpa al papel de los machos y los mochos, pero también al lugar de la mujer en la vida tapatía.

Con décadas de trabajo cada una, Cortés y Quintero admiten, sin embargo, que el encuentro con el género y sus exigencias físicas fue una aventura que las sacó de la zona de confort:“Tanto Lucía como yo tenemos otro… modito de actuar”, reconoce Sara Isabel en entrevista junto a su compañera.

“No es que nos hubiéramos encasillado, pero este género grueso implica totalmente salirte de la zona de confort, y no tener lógica alguna y que el director te dijera: ‘Son cambios súbitos, irracionales, totalmente contundentes; de un parlamento a otro ya estás en otra situación, en otro tono, en otra energía’”.

 

Uno se imagina que eso es lo que un actor debería tener como entrenamiento básico: la facilidad de adaptarse.

Sara: En cada montaje te pasa. El discurso del director te viene a decir que algo es verde y entonces es verde. No es negro: ¡es verde! Y uno entiende, se desarma, se desarticula. Difícilmente vas a encontrar un director que te deje las cosas facilitas, pero este cambio sí fue muy serio.

Lucía: Lo que exige el cabaret es el asunto corporal, que tiene una dinámica muy precisa, y el manejo del ritmo, no solamente hablando de velocidad, sino también de un ritmo mental en el que tienes que estar cachando lo que sucede, viendo cómo reacciona el público, estar con tu compañero súper conectado, con el músico, con todo. No digo que los otros montajes no te lo exijan, pero acá tienes una línea más directa. Salir de un tono realista nos ha costado… bueno, creo que lo hemos logrado. Y si no, nos divertimos mucho. Pero este juego es mucho más vertiginoso que otros.

 

Dicen que, cuando detectan que el ritmo está funcionando, tiene que ver con la respuesta del público. ¿Qué se aprende en el cabaret cuando ya tienes veinte, treinta años actuando? ¿El público te puede dar alguna sorpresa?

Sara: Aprendes a escucharlo. Es algo como instintivo. Ningún público, en ninguna función, aunque sea de cabaret, va a funcionar igual que el de la semana pasada. Eso uno ya lo detecta y sabes qué fracción de segundo tienes que guardar para que la siguiente frase no se vaya a opacar por las últimas carcajadas. Hay que estar muy presentes. No se trata, además, del carácter del personaje: el cabaret tiene esta posibilidad de hacer cambios drásticos en la personalidad del personaje, drásticos, totales, sin mayor cuidado o lógica por la progresión. Implica también un juego donde asumimos muchos juegos. Beatriz Hernández y la Minerva también asumen otros roles: las señoras del templo, la señora sumisa, el macho mexicano… Nos exige muchas transiciones y, técnicamente, voces, recursos fijos.

Lucía: En teatro aprendes y aprendes y aprendes de cada uno de los montajes, de los compañeros, de los directores. Eso es algo que no se deja de hacer. En este caso aprendes del público: a partir de su reacción te das cuenta de cómo cae lo que estás diciendo.

 

 

Sí es de los trabajos en que yo ya estoy que se me cuecen las habas por que sea sábado. Todos te dejan aprendizaje, pero éste, de verdad, me significó como actriz una enorme liberación, un reto y un romper la zona de confort, y no tenerle miedo a hacer el ridículo y gozar de eso. Yo le pregunté al director: bueno, ¿y por qué no te escogiste unas muchachas de buen ver? Así, bonitas, sin celulitis… ‘Si estas dos tienen tantos años paradas allí, deben ser unas matronas, deben ser unas viejas que se las saben de todas, todas’. — Sara Isabel Quintero.

 

La gente viene a divertirse, pero el montaje tiene la intención de hacer crítica a temas muy tapatíos, puede llegar a ser incómodo. ¿La gente reacciona a ese impacto?

Sara: Los menos, pero sí he sabido de algún cura que se salió. Digo: a quién se le ocurre…

Lucía: Pero además los mexicanos estamos acostumbrados a reírnos hasta de nuestras desgracias. Nos lo dicen: estás a mitad de la risa pero también sintiendo la pedrada que te roza el cabello. La risa reflexiva es la mejor, no la risa gratuita. La gente se divierte, nosotras nos divertimos como enanas porque estamos jugando, pero también está este espacio en donde te caen los veintes de esta realidad y lo que podemos hacer para cambiarla.

Sara: Creo que, sociológicamente, también pudimos apreciar, por el teatro en el que estuvimos (el foro Vivian Blumenthal, junto a la Avenida México), y que de repente nos tocaba ver público que intuías que era de aquella parte, de aquel lado, de aquella frontera…

Lucía: De López Mateos pa’llá.

Sara: Allá es otro mundo. Pero no: estaban bien. Sí, de repente, sorprendidos, pero no se iban, se quedaban, aplaudían… y terminaron cediendo ante sus propios códigos. También es cierto que es un tanto como el teatro brechtiano: el cabaret no pretende meterte, hipnotizarte en la ficción; es un teatro que se arma de frente y en el que sabes que lo que estás viendo es ficción y que la rompes de repente. Y el público también se da cuenta, y le resulta interesante porque su participación se vuelve más activa. Una vez que empiezan a desatarse las primeras carcajadas, empieza lo demás con ganas.

El director sí nos previno acerca de qué hacer a la hora de encontrarnos con la reacción del público. Pero al público tapatío le gusta el cabaret. Excepto el señor cura, que no sé a dónde le dijeron que lo llevaban. Creo que Guadalajara sabe lo que es el cabaret.

 

 

El ejemplo de los teatreros brasileños

Entre machos, machas y mochxs, somos bien muchxs fue invitado en enero a dar funciones en Sao Paulo, Brasil, como producto de un intercambio que el grupo Perspectiva Escénica tuvo con la compañía brasileña Refinaria Teatral.

Para empezar, cuentan Sara Isabel Quintero y Lucía Cortés, quedó claro que el idioma no era pretexto: el portuñol les ayudó a entenderse. Para seguir, la problemática que atienden la Minerva y Beatriz Hernández en su obra es muy similar a la de Brasil: la violencia de género es conocida en Sao Paulo y es un tema de la agenda de Refinaria Teatral.

Pero otra cosa que las actrices dicen que les llamó la atención fue la organización de los teatreros locales, en figuras como la Cooperativa Paulista, un organismo gremial capaz de provocar políticas públicas y diálogo con las autoridades municipales y que ha favorecido, entre otras cosas, la existencia de varios foros independientes para el teatro en la periferia, pero también el centro de esa gran urbe brasileña.

“Allá es igual: los teatreros somos como una torre de Babel, pero, con todo y sus diferencias, sí consiguen acuerdos”, opina Quintero, mientras Cortés subraya al hablar de esa decisión de involucrarse en política: “Eso no implica que dejen de ser artistas o que tengan una sola línea; simplemente están unidos como artistas”.

“Esto hace que puedan existir los espacios independientes de los que te hablaba Sara, como la Refinería, que han conseguido apoyos a partir de instalar su centro cultural en la periferia. Tienen ciertas normativas, reglas ya establecidas, que el ayuntamiento respeta, porque la unión, esta cooperativa, ha conseguido estos apoyos”.

“Vas a la zona centro y de repente te encuentras el Teatro Arena; tres, cuatro teatros independientes seguiditos; una escuela de teatro totalmente gratuita y con un nivel académico de excelencia”, relata Quintero. “Bueno, tienen hasta su templo para sus funerales, se lo han apropiado. Es decir: la imagen del teatrista en Sao Paulo tiene muchísima trascendencia dentro de la sociedad”.

 


Iván González Vega

 
Periodista en Guadalajara, México. Estudiante de actuación. Profesor de ciencias de la comunicación y periodismo.


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