Periodismo y teatro en Guadalajara

 


El panfleto del rey y su lacayo: entre la sátira y los chistes

 
 
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Domicilio: 16 de Septiembre y Mexicaltzingo, en el complejo del Teatro Diana
 
Precios: $120 general y $100 con descuento
 
Horario: Jueves y viernes del 12 al 20 de julio, 20:30 horas
 
Temporada: Estreno en julio de 2018
 


En pocas palabras

Dos versátiles actores se ocupan de dar vida a los repulsivos personajes de esta obra del sonorense Cutberto López, en un montaje que cambia la crítica por el chiste

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Posted Julio 19, 2018 by

 
Qué hay que saber
 
 

La sátira política es uno de los temas menos comunes en el teatro de Guadalajara: si uno revisa la cartelera de lo que va del año, y a riesgo de cometer una injusticia, no hubo ni una obra de este tipo, apenas hasta este mes de julio: se llama El panfleto del rey y su lacayo y la montaron el Colectivo Pies Hinchados —conocido por La luz que causa una bala, que sigue en cartelera hasta el domingo 22— y el grupo La Salamandra, responsable del espectáculo de improvisación ¿Quién mató al duque?.

Es curioso que haya poca sátira política en nuestro teatro, dado que tenemos un país, un estado, una ciudad e innumerables instituciones que proveen de material valioso para la burla, la denuncia y la reflexión crítica. Hasta podría pensarse que a los mexicanos, a quienes nos sobran las razones para estar enojados contra nuestra política, nos urge la sátira. Porque podría aportar a tal necesidad posible, es interesante encontrarse en cartelera con El panfleto del rey y su lacayo. ¿Y cuál es el resultado?

¿Por qué el lacayo no se va a fundar otro reino, por qué el rey no se deshace de una vez de esa lamprea que debe tolerar como compañía? Porque se necesitan y, en el fondo, se quieren, lo que equivale a decir que nadie más podría llegar a quererlos”

Primero, un texto de Cutberto López Reyes, teatrero sonorense, que se va duro y a la cabeza contra el tema: la repugnante relación, tan venenosa como convenenciera, entre un tirano de cuarta y su criado de quinta, que revela los todavía más repulsivos mecanismos del poder político: el abuso, el agandaye, la impunidad con que actúan quienes detentan cualquier cantidad de poder. El criado sueña con matar al rey para quedarse con el trono, pero cada oportunidad se disuelve en la conciencia de que nació para ser esclavo. El rey, con cinismo, conduce al lacayo por el constante recordatorio de que los que no tenemos poder nomás no contamos y punto.

Independientemente de la dramaturgia de Cutberto López Reyes, un tema así de concreto no ha de ser sencillo de trasladar a escena, porque buena parte de su gracia está en los matices: los guiños al espectador para que se reconozca en las situaciones, para que las vincule con su país o su ciudad, para que aprecie en sí mismo todo el filo de la ironía. Es un trabajo de puesta en escena que requiere de mucha inteligencia y muy particular sutileza.

Por la interpretación, en este caso, no debería haber problema: los dos actores en escena son Eduardo Villalpando, un viejo lobo de mar que, en el Estudio Diana, da una pequeña clase sobre técnica de actuación, y Agni González, un joven que es un hombre orquesta de recursos gestuales y vocales. Acompañados del músico Jorge Cuervo González, Agni y Eduardo cargan con todo el peso de la obra y dibujan a dos personajes afectados por sus propias contradicciones, por la obligación de tener una cara pública y ocultar la cara privada, y que, sin embargo, solo se entienden entre ellos, en la perversa pero íntima relación que sostienen los corruptos. ¿Por qué el lacayo no se va a fundar otro reino, por qué el rey no se deshace de una vez de esa lamprea que debe tolerar como compañía? Porque se necesitan y, en el fondo, se quieren, lo que equivale a decir que nadie más podría llegar a quererlos.

Los actores tienen bastante que hacer y recursos para trabajar. Es en la dirección, a cargo del joven Luis Córdova, en donde al parecer está la decisión que opera en contra de los matices, de la sutileza y de la ironía: llevar el trabajo hacia la comedia, particularmente una comedia de carácter que se nota muchísimo en la interpretación de Agni González. Siendo un actor de recursos abundantes, con una entrenada capacidad facial, González se pasa la obra dibujando un personaje definido más por sus rasgos físicos que por su conflicto o sus intereses. Es decir: trabaja con el estereotipo del patiño, con una voz afectada y acciones físicas casi paródicas, que lo obligan a correr y gritar como si tal exageración dejara claro el servilismo del personaje. De hecho tiene secuencias o “partituras” físicas que el espectador aprecia de forma explícita durante los cuales “sale” del cuadro de las acciones dibujado sobre el escenario, mima que deja el espacio o que vuelve a él, subraya que se apresura y que se agota… y el público debe juzgar si toda esta información sirve de algo o si solo retrasa las acciones.

Más todavía: en un par de momentos se expone un juego de traducción simultánea que hace el lacayo durante los discursos del rey, para pasar a un inglés obviamente fallido las palabras de su jefe: el público se ríe, en buena medida por la gracia de González, pero no hay que dejar de señalar que el montaje emplea escenas largas del espectáculo en contar el mismo único chiste.

Quizá lo que hay que decir es que la forma se impone al contenido, pero sobre todo que se impone al trabajo de dos buenos actores que, eso sí, ni una sola vez descuidan el tipo”

El contraste con el trabajo de Villalpando es inmediato: el rey es también ridículo, una caricatura de lo que debería ser un político, pero eso es el personaje: para conseguir esto, el actor modera y mesura sus acciones y sus gestos, su voz y sus movimientos, y uno puede entender el humor y la denuncia. Pese al enorme esfuerzo de Agni González, con él vemos más al actor que al personaje… que a lo largo de los minutos termina por ser repetitivo y tan solo chistoso.

No se malentiendan estos comentarios: la gente se ríe, y se ríe mucho, durante El panfleto del rey y su lacayo. El trabajo es gracioso y hay varios momentos de verdad punzantes; los dos actores logran que hasta lo más grotesco y ofensivo sea útil. Quizá lo que hay que decir es que la forma se impone al contenido, pero sobre todo que se impone al trabajo de dos buenos actores que, eso sí, ni una sola vez descuidan el tipo. La sátira es comedia, cierto, pero no toda la comedia es sátira. La sátira es crítica, y no nada más caricatura. Es el público, el espectador, el que debería elegir cómo reaccionar. A menos de que no haya ninguna duda de que esto es un show de bromas, y no una sátira teatral.

(Por otro lado: si usted va a ver El panfleto del rey y su lacayo, no se preocupe por relacionar a los personajes con personalidades de nuestra política contemporánea: lo más probable es que, durante los próximos años, los políticos de verdad se dedicarán muy aplicadamente a superar la caricatura que cualquier sátira pueda proponerles.)


Iván González Vega

 
Periodista en Guadalajara, México. Estudiante de actuación. Profesor de ciencias de la comunicación y periodismo.


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