Periodismo y teatro en Guadalajara

 


Los sueños de Pako: el reto de ser sincero a través de un títere de madera

 
Fotografías de Jaime Martín/Cultura UDG.
Fotografías de Jaime Martín/Cultura UDG.
Fotografías de Jaime Martín/Cultura UDG.

 
Lo básico
 

Precio: $100 general, $80 niños, estudiantes, maestros y tercera edad, $50 a grupos de 5 personas.
 
Horarios: Domingos 10, 17 y 24 de abril, 13:00 horas.
 
Temporada: Abril de 2016 en el Teatro Jaime Torres Bodet.
 
Edades:
 
Director:
 
Elenco: , , ,
 
Otros Creativos:
 
Grupo:
 
Foro:
 
Género: ,
 
Autor:
 
Mes:
 


En pocas palabras

Pako usa sus fantasías para tratar de entender el divorcio de sus padres. Pero Pako es un títere y animarlo supone una buena serie de retos para los actores en esta obra: Joosy Méndez, quien le da voz, explica que no fue nada sencillo.

0
Posted Abril 13, 2016 by

 
Lo que debes saber
 
 
  • Más en la Cartelera: Los sueños de Pako está en temporada tres domingos de abril de 2016 en el Teatro Jaime Torres Bodet. Las casas con olor a pez apestoso dan asco tiene función el 13 de abril en los Miércoles de Teatro del Alarife. Sueño de una noche de verano está en temporada los domingos de abril a junio en el Teatro Alarife Martín Casillas.

 

Uno escucha al ocurrente Pako y le cuesta trabajo confirmar que, tras el títere de madera que representa a un niño de primaria lleno de energías, hay un actor de aspecto serio y con uno que otro piercing, que admite que es un reto enfrentarse a niños como espectadores porque, en su vida personal, no es del tipo niñero. Pero tras el inquieto Pako hay mucho trabajo de dirección, animación y actuación, y su voz es la de Joosy Méndez, uno de los jóvenes tapatíos encargados de la obra Los sueños de Pako, del grupo El Tlakuache.

Clara y animosa, la voz de Joosy Méndez vuelve a ser la de Pako en la breve temporada de esta obra acerca de un niño en medio del divorcio de sus padres: tres domingos de abril de 2016, en el Teatro Jaime Torres Bodet. El actor participa el mismo mes en dos montajes más y, aunque en otro de ellos también representa a un niño, subraya que cada trabajo implica retos contrastantes.

En concreto, en Pako hay que actuar sin notarse: imprimir emociones claras y legibles pero no en el cuerpo propio, sino en el del títere. Y aun así, ser sincero: “Tienes que ser honesto en tu trabajo, y más en los títeres, mucho más: tienes que desnudarte, a fin de cuentas, porque no tiene que verse en ti, sino en madera, en tela”.

Tres años después del debut de Los sueños de Pako, que además fue su primer títere en un montaje profesional, Méndez admite: “Efectivamente, me costó muchísimo”.

Me considero un actor que primero pone el cuerpo: me interesa que todo el cuerpo esté presente, moviéndose, activo, que las cosas se vean reflejadas en el cuerpo, no nada más en la palabra. Con Pako te piden una posición totalmente neutra, porque el foco tiene que estar en el títere. De pronto, llegar a ciertas situaciones que me pedía El Tlakuache (el director, Ihonatan Ruiz) era muy complicado: tenía pequeños impulsos en el cuerpo, gestos muy marcados, y me llevaba al títere de corbata”

Joosy Méndez cuenta que el director involucró a los actores en un taller para obtener movimientos para el títere: primero, que recordaran sensaciones experimentadas en sueños personales; luego, traducir esas sensaciones en palabras y, finalmente, convertirlas en acciones. “Al final, esas pequeñas partituras fueron las que quedaron en Pako, así llegamos a sus movimientos y gestos”.

 

Como actor, ¿qué se siente que estés acostumbrado a que sea tu cuerpo el que expresa y ahora tengas que llevarlo al títere?

Lo primero fue frustración. Son procesos que aprendes a solucionar, pero fue muy frustrante en un principio, por la sensación de que no estaba dando lo que el director me pedía; tuve que buscar modos, controlarme, contener, encontrar la dedicación del movimiento. Es muy difícil. Hay figuras corporales que, si las veo, digo: “Ah, claro, me remiten a tal sentimiento”, pero que se valen de detalles muy precisos. En un títere, que tiene las manos en una sola posición, que no tiene boca, que tiene el rostro fijo, hay que hacerlas también: darte cuenta de los detalles en la figura corporal inicial que remiten a tal sentimiento y llevarlos al títere de la mejor manera posible.

 

¿Eso es algo que debería aprender cada actor?

Al menos, yo lo hago. Me gusta la creación de detalles; las acciones pequeñas son las que llevan la carga de todo.

 

Pako tiene gestos muy característicos: agacha la cabeza cuando lo regañan o cuando está triste, por ejemplo; ¿trabajaron precisamente esos movimientos?

Fue indicación del director: que todo el tiempo la mirada esté abajo para que al final se note cuando la levante y diga: “Sí, ya lo entendí, lo acepto, vivo con esto”. Pero, por ejemplo, estos gestos hacia abajo son cosas que se complican mucho. Encontrar movimientos diferentes, aunque parezca la misma sensación, es mucha exploración, mucha, para entender el movimiento del títere.

 

Tres años después, ¿ya lo entienden mejor?

Sí, ya, y fue muy extraño porque empezamos con un lobo de hulespuma; él era Pako en un principio. El Tlakuache lo tenía para la Caperucita o algo así. Era superlivianito, eran otros movimientos, porque cada títere tiene los suyos. Entonces, nos llega Pako, de madera, pesado, muy frágil: hay que tener precisión, saber cuánto pesa, porque cualquier descuido hace que la cadera salga de su eje. Tiene casi todas las articulaciones: muñecas, codos, hombros; pies, rodillas, tobillo; hay que estar cuidándolas todas.

 

Pako tiene una voz muy reconocible: es el único niño entre varios adultos. ¿Cómo fue el trabajo de ponerle voz a un personaje así?

Fue una exploración que salió a partir de un ejercicio que nos ponía Beto Ruiz (director y actor local especializado en disciplinas físicas) en el que profundizaba mucho cómo dices las voces. Es un ejercicio de encontrar las palabras claras, objetivas, que están en los diálogos del personaje. A partir de allí trabajas con sensaciones que te llegan de las palabras, porque siempre pertenecen a una cierta atmósfera que el dramaturgo quiso impregnar allí. Siempre he trabajado así. Con Pako fue exploración y hubo bastantes propuestas; ésta que quedó es la que estaba trabajada más en lo agudo, más vívido. Luego trabajamos sobre lo más grave, que al final se quedó para cuando está en el mundo real con sus papás: la voz baja, deja de ser tan fársica, tan aguda, no como la que tiene en los sueños, que es más juguetona.

Fotografías de Jaime Martín/Cultura UDG.

Liza Dayana y Joosy Méndez animan juntos a Pako. Fotografías de las funciones: Jaime Martín/Cultura UDG.

El tratamiento del tema puede ser duro porque ves a Pako en el proceso del divorcio y el personaje tiene que sentirlo. ¿Cómo les fue al tratar un tema tan realista pero que se hace más intenso cuando el protagonista es un niño?

Desde el principio, lo que quería El Tlakuache era no juzgar: no decir esto “está bien, esto está mal”, sino mostrarlo desde donde lo vive el niño: nada de que el papá es el malo, la mamá es la mala, sino neutral. El Tlakuache habla de pronto de que es un montaje en el que los papás van a cuestionarse y los niños van a pasarlo bien. Termina tocando a la gente, pero creo que los niños pasan un momento agradable.

 

¿Tú cómo lo pasas?

Puf… De pronto tengo muchos problemas con esto, explicar o razonar qué es lo que me pasa cuando estoy en escena, porque son muchas cosas, tanto las técnicas como las que pasan en el momento. Creo que lo que pasa con Pako es que me dejo llevar, intento estar en el presente: cuando Pako es un mago, allí estoy yo, y lo paso increíble, porque comparto con los niños, me responden, juegan conmigo; a veces escucho sus consejos… Se escucha locochón, pero en el momento llego a sentirme como Pako, ¿no? Estoy allí, soltando los textos, y entonces me dejo llevar. De pronto: “¡No, espérate, Pako! ¡Ése es el malo!”, y allí estoy. Pero entonces, cuando escucho: “Tu papá y yo nos vamos a separar”, la paso mal, muy mal. Creo que es importante: que pases por lo que está sucediendo, porque no tienes el recurso de tu cuerpo, sino nada más el de la voz y la cadencia de los movimientos… tienes que estar allí, para que el títere viva y la gente lo viva: tienes que vivirlo, tienes que dejarte llevar.

En el momento en que no eres honesto en tu trabajo, no suceden las cosas. Cuando lo haces mecánico, o pasas por encima, cuando no eres honesto, cuando no te entregas, no juegas, ni crees lo que está sucediendo, no sucede”

Quieres a Pako.

Claro, claro. Además, mira: creo en el quehacer teatral como en un ejercicio muy honesto, muy profundo, hasta ritual. Me gusta verlo así. Creo que le entré con los títeres porque me parece ritual, que hay magia: cómo hay fuerza en los títeres. Incluso cuando lo ves sin ser animado, tiene una fuerza, una carga; su mirada ya te dice algo. ¡Pako nos llegó sin boca…! Claro que lo quiero. Le tenemos respeto fuera de escena, o cuando no está siendo animado, cuando lo dejo en la mesa, cuando lo cargo, cuando lo saco de la maleta… Estoy muy encariñado con él. También con Xolo (el perro al que dio voz en Emiliano y el tren al inframundo, de 2015), cuando tuve la oportunidad de trabajar con Luna Morena, fue algo totalmente diferente, porque era un animal, y había que sacar su tipo de respiración, sus ladridos, ni muy fuertes ni muy bajos; también estoy encariñado con ese personaje.

 

En Las casas con olor a pez apestoso hay un proceso y un personaje muy distintos, pero también tienes relación directa con el público. ¿Es más complicado que con los títeres?

Para mí es mucho más complicado trabajar con títeres. Por mucho. Cuando trabajo de forma actoral, soy yo, es mi cuerpo; no digo que tenga más posibilidades, pero sí es más sencillo encontrarlas. Las casas… tiene esa peculiaridad: que los niños entran, entran a la ficción y a tener contacto con los personajes. En momentos dependemos de ellos; cuando suben al escenario, son uno más. Hemos tenido experiencias increíbles. Hicimos unos preestrenos en un orfanato y nos quitamos los anteojos, que es una señal para cuando pueden ingresar, y van todas las niñas corriendo a abrazarnos, y no se soltaban de nosotros. Hay niños que se suben pero no quieren participar: tú tienes que aceptarlo todo. Eso también me costó trabajo: en mi vida personal yo no soy mucho de tener contacto con niños y entonces entro a un montaje donde me dicen que tengo que aceptarlos, porque ellos pueden vivir el teatro desde donde se les dé su gana. Era aceptar eso y jugar con eso: atraerlos desde donde estén, porque allí se van a quedar y tienes que trabajar el contacto con ese espectador.


Iván González Vega

 
Periodista en Guadalajara, México. Estudiante de actuación. Profesor de ciencias de la comunicación y periodismo.


0 Comments



Be the first to comment!


Leave a Response


(required)


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.