Periodismo y teatro en Guadalajara

 


 
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Posted Abril 25, 2018 by Iván González Vega in Cartelera
 
 

“Hay una gran incultura de la luz”: Carlos Arce, maestro iluminador


  • El iluminador de la ópera Pagliacci, que se presenta en el Teatro Degollado, ha aprendido a lo largo de cuatro décadas que la luz es un personaje autónomo en la escena, y que los artistas deberían volverse profesionales del diseño visual si quieren sacarle provecho

 

Un foco naranja colgado sobre la mesa combina su resplandor con el sol intenso que entra desde la calle; las dos luces rebotan en botellas azules, mesas cafés, vasos transparentes, platos verdes. En este local de la calle Juan Manuel podría primar el aroma de los desayunos, pero la graciosa situación se impone: un maestro iluminador como Carlos Arce, en medio de tantas luces y colores accidentales, como si le hubieran diseñado el espacio.

Respetado artista dedicado a la luz, a sus misterios y al desafío de educar sobre ella, el argentino Carlos Arce (Neuquén, 1950) visitó Guadalajara durante marzo y abril para atender un reto profesional más complicado que los curiosos colores dentro de un café: la sofisticada iluminación de Pagliacci, la más reciente temporada de ópera en el Teatro Degollado, y un taller a profesionales de diferentes disciplinas: desde cantantes hasta escenógrafos, pasando por fotógrafos, teatreros y hasta un abogado.

En ambos sitios fue contando de su convicción técnica y pedagógica: damos por sentado el fenómeno de la luz cuando, en realidad, es uno de los elementos de diseño escénico más importantes, más complejos y más delicados. De manera que de ella deberían encargarse profesionales con hambre educarse en el tema, por ejemplo, en su escuela con sede en Cuernavaca, Morelos, llamada Especialistas en Iluminación Artística (Esila).

En medio del desayuno, Arce y su compañera en Pagliacci, la arquitecta Lizbeth Aldaraca, ofrecieron una breve entrevista al respecto. “Hay una gran incultura de la luz”, dijo el maestro iluminador, de entrada. “La vemos como algo cotidiano, prendemos el foco en la casa o en la calle y punto. Pero tiene una gran elasticidad artística: mediante el color, mediante las propiedades lumínicas de una sola luz, se pueden hacer muchas cosas: dar sensaciones de ánimo, contar historias. En el teatro, por ejemplo, debe haber una dramaturgia de la luz…”.

 

Muchos grupos independientes de teatro suelen dejar ese trabajo a los técnicos.

En el taller hablamos de eso, precisamente: un técnico se adjudica la tarea de diseñar, a lo mejor por pedido del artista, pero para ser un diseñador de luz hay que estudiar actuación, maquillaje, vestuarios, todas las artes escénicas, técnicas; y eso es de acuerdo con lo que va trabajando con los años de experiencia. Un técnico opera la consola y no tiene idea de todo el alcance que tiene el diseño visual dentro del espectáculo.

 

¿Tiene que ver con que hay pocos capacitados como diseñadores visuales?

Tiene más bien que ver con desconocimiento de lo que abarca un diseño de luz en un espectáculo. En la medida en que el artista independiente recupere la sed de explorar este camino de la luz, se va a encontrar con propuestas diferentes y novedosas. Visualización, sentidos, análisis, comportamiento: todas son ramas que un artista o una compañía debe atender, porque le ayudarían, primero, a ser más creativo; segundo, a no gastar en cosas que no deben gastar; tercero, a tener un mayor aprovechamiento de la luz, en función de la creación artística.

 

¿Y cualquiera puede aprenderlo?

Sí; a lo mejor necesitarás algunas bases como para que te guíen, te estimulen a irte desarrollando. Yo siempre le digo a los grupos que ellos mismos pueden preparar a un diseñador visual. No es alguien que venga aparte, sino alguien que siempre está viendo lo que hace un director, lo que se está montando, entendiendo el texto, las actuaciones, el vestuario, la escenografía. De allí el diseñador visual toma las herramientas para empezar a trabajar. Si lo llamamos dos horas antes del espectáculo, va a arruinarlo.

 

Usted lo llamó “incultura”.

No hay exploración para descubrir, solo la usamos como medio de alumbrado: enciendo la luz cuando la necesito, la apago cuando voy a dormir, y nada más. Y las propiedades elásticas que te brinda la luz son infinitas.

 

¿Un artista debería invertir su tiempo en formarse en este tema?

Es una carrera: yo estudié en la universidad cuatro años y después hice dos años psicología del color. Y salí del Teatro Colón, de la República Argentina.

 

¿Qué ha encontrado en México con la gente que llega a estudiar? ¿Confirma esa falta de conocimiento?

Hay gente que toma un curso de 20 horas y cree que ya es suficiente para desarrollar y hacer iluminaciones. La luz es un medio que uno no debe dejar de estudiar e investigar; la tecnología, igual. Si carecemos de conocimientos profundos sobre cómo se interrelaciona la iluminación en escena, por más que tengas tecnología no vas a hacer un buen diseño de luces. A mí me sorprende mucho, por ejemplo, que una persona que ha tomado un curso ya esté al otro día queriendo dar un taller, es muy surrealista. Yo tengo 41 años en escena y aún digo: tengo muchas cosas que aprender.

“La luz se ha hecho para acompañar la manifestación actoral, de canto y de cualquier artista, no para hacer un show aparte”


¿Qué ve usted, como espectador, al tener un ojo entrenado? ¿Dónde nota que un espectáculo no está planeado?

La luz es un personaje en escena; si los artistas no lo integran, pierden una posibilidad enorme, una gran vertiente para trascender. A veces ves mal uso del color: cómo por medio de una aplicación de luz arruinan un maquillaje o un vestuario; o que hay un divorcio visual entre la luz y lo que cuenta el actor, no hay acompañamiento.

 

¿Un actor tendría que estar consciente de lo que hace la luz alrededor?

Por supuesto, porque, si le saca provecho en composición dinámica, con la voz y el gesto, es otra presencia actoral.

 

¿Con la voz?

Así es. Un cantante, un solista en una ópera, canta una tragedia y la luz tiene que acompañarlo con el clima y la atmósfera adecuada; si no, hay un divorcio entre personaje y luz, y eso ocasiona confusión al espectador.

 

¿Y con el maquillaje y el vestuario?

Es que a menudo ves vestuarios hermosos, bellos, que han costado una fortuna, y por una aplicación de luz o lo ensucian, o lo manchan, o le cambian el color. Con el maquillaje, nada más por el tono de piel, hay personas que necesitan un tipo de luz porque absorben más, y otras que la reflejan más.

 

¿Usted ha trabajado en algún proyecto en donde lo satisfizo por completo el diseño visual?

Actualmente estoy muy dedicado a la ópera y allí uno siempre está en comunicación con los demás. Todos están en la idea de que tiene que verse lo mejor posible. Cuando es una propuesta lumínica muy especial, hablo con los personajes: si se paran aquí, pueden sacar estas propiedades, van a sacar cierta presencia escénica, aprovechen la luz en estos sectores… Ellos mismos ya van pensando en tratar de hacer esta composición.

 

La mayoría de las escuelas enseñan lo técnico, y yo enseño todo el proceso de conocimiento desde las bases y herramientas hasta el sentido para que puedan trabajar ellos solos. Hay un gran miedo de algunos diseñadores de dar a conocer todo lo que saben, quizá porque tienen miedo de que los dejen sin trabajo. A mí en la universidad me dijeron: mientras más enseñas, más creces. Yo voy creciendo a medida que conozco a los alumnos, las escuelas, los planteamientos, las inquietudes, toda esa gama de cosas que traen para explorar”.

 

¿Trabajó en algún proyecto reciente del que saliera diciendo: aprendí algo completamente nuevo?

Siempre se aprende, todas las propuestas son distintas; yo he hecho dos o tres veces Pagliacci y todas han sido diferentes. Siempre estás en proceso de creación y desarrollo. No es que hagas una obra y sea igual a la siguiente: ninguna es igual.

 

Pero, ¿41 años después?

Sí, sí. Todavía me sorprendo de los resultados que se logran.

 

 

El día y la noche de Pagliacci

El Pagliacci del Teatro Degollado, con dirección de Dorian Wilson y Ragnar Conde, dará funciones el 24, 26 y 28 de abril. Carlos Arce se encarga del diseño visual y la iluminación en la escena, pero colabora de cerca con Lizbeth Aldaraca, quien vincula las decisiones de escena y luz con la partitura musical.

El montaje tapatío, explica el artista argentino, “tiene una enorme desventaja en cuanto a luces: es una escenografía que cubre todo el medio escénico, de ocho metros de altura, y que nos obliga a hacer un sembrado de luces en piso; eso significa que tienes que subir todas las luces a las varas antes de poner la escenografía; la vara no baja a tus manos”.

El iluminador subraya que la famosa obra de Ruggiero Leoncavallo le parece “una belleza en todos los aspectos”, pero particularmente recomienda apreciar el paso del tiempo en la historia: todo ocurre en el transcurso de la mañana a la noche y la luz, por supuesto, es vital: “Todo el paso temporal de este día tiene que manifestarse a través de la luz”.


Iván González Vega

 
Periodista en Guadalajara, México. Estudiante de actuación. Profesor de ciencias de la comunicación y periodismo.


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