Periodismo y teatro en Guadalajara

 


 
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Posted Junio 21, 2017 by Iván González Vega in Cartelera
 
 

“No hay nada de vanguardia; lo vital es contar historias”



  • El sinaloense Ángel Norzagaray estuvo en Guadalajara para hablar con el público y ver la versión tapatía de su obra Choques, que sigue en temporada

A la franqueza y el tiple norteños, francotes y sin pelos en la lengua, Ángel Norzagaray (La Trinidad, Sinaloa, 1961) suma un carisma de persona sencilla y sonriente con que se echa a la bolsa en un segundo al público del Teatro Vivian Blumenthal. El autor de El velorio de los mangos y Cartas al pie de un árbol fue invitado como dramaturgo a Guadalajara, el viernes 16 de junio, para abrir los talleres de apreciación teatral que ofrecerá Cultura UDG durante 2017, uno al final de cada mes. Pero el autor de Choques también aprovechó para ver el montaje de esta comedia que actualmente tiene temporada en ese foro, y prefirió contar anécdotas y lucir su sentido del humor ante un público en el que abundaban jóvenes estudiantes de teatro.

Norzagaray afirma que, como dramaturgo y escritor, prefiere las historias y anécdotas de la gente común que la pura exploración formal del teatro o la narrativa. No le gustan las tendencias posdramáticas tan al uso en México: prefiere, dice, estar tras “el sustrato poético” que hay en el habla popular sin detenerse en el costumbrismo. De estos temas habló en una entrevista que concedió después de su presentación ante el público tapatío de Choques.

Choques en el Vivian

La comedia basada en el texto de Ángel Norzagaray, producida por el grupo Perspectiva Escénica, está en temporada durante todo junio los fines de semana en el Teatro Vivian Blumenthal (Tomás V. Gómez entre Justo Sierra y Avenida México). Viernes y sábados, 20:00 horas; domingos, 18:00 horas.

Usted afirmó en su charla con el público que prefiere contar historias a partir de lo que escucha o lee. ¿Por qué tiene valor esa clase de materiales en un país en donde se experimenta tanto con las dramaturgias?

Porque el fundamento del teatro viene de la historia de la humanidad: sentarte a contar historias alrededor de una fogata. Yo no soy formalmente tradicional, pero, si no contamos historias, o si las contamos con una formalidad que lastra el propio fluir de la anécdota, el asunto es tan abstracto que la gente se aburre, o no entiende. Y tiene derecho de no entender, hay que respetar que no entienda. Que no le guste, es otra cosa, pero que cuando menos sepa qué le están contando. No hay nada de vanguardia, son tonterías. Lo otro, lo vital, que es contar historias que identifiquen a la gente, será siempre así. Será porque yo soy de la sierra de Sinaloa, yo conocí la luz eléctrica a los 11 años y el agua por tubería a los 12. Tomábamos cacahuates, prendíamos una fogata, y mis padres y mis tíos y mis hermanos contábamos historias de fantasmas; cuando lo hacías en la casa del vecino te venías bien cagado caminando en la noche a tu casa.

“A mí eso me parece muy importante, está en la esencia de la humanidad. Todas esas tonterías que hicieron el año pasado en la Muestra Nacional de Teatro, que dividieron en el teatro que funciona y el que no, el que engarza y el que no engarza, una cantidad de clasificaciones, que la escena expandida y la narraturgia, son mamadas. (…) No digo que no haya que experimentar con las formas, pero que no se pasen de lanza”.

Conservar la anécdota.

La historia, pues: la narración de una historia que nos abre a un misterio. Ésa es la naturaleza del asunto, es lo que te traslada a una acción poética: el misterio, abrirse al interés del espectador para que el espectador no se quede allí esperando a que algo se devele. Se devela por la vía del misterio y no por la vía del pastelazo o de lo directo.

Ángel Norzagaray, durante su presentación del viernes 16 de junio de 2017 ante el público de los talleres de apreciación teatral. Fotografías: KarlaLira/Cultura UDG.

Usted recordaba ayer que ha sido periodista. ¿Ese oficio lo ha ayudado en la dramaturgia?

Sí, me gusta mucho la crónica. Hice mucha crónica de box, por ejemplo. Tuve un programa de televisión que se llamaba Asaltos y allí entrevisté a Vicente Fox, a (Porfirio) Muñoz Ledo, a (Manuel) Bartlett… puro personaje de la picaresca mexicana. Pero que no se confunda con que hay que llevar el periodismo a la escena. Llevar lo que ya está sucediendo en la realidad: entonces lee mejor una nota periodística. Siempre me mueve la aspiración poética. Todo este asunto de violencia gratuita, narcos, y todo, que les encanta a los dramaturgos contemporáneos, y que está muy bien como noticia porque hay que dar cuenta de eso: trasladarlo al teatro, ya no. ¿Sabes qué? Piensan que van a impactar con esa cantidad de sangre, pero les tengo una mala noticia: nunca van a poder con Titus Andronicus; Shakespeare ya se acabó esa parte. Si no lo va a hacer de una manera que nos devele otro asunto más allá del periodístico, no vale la pena que lo hagan.

Su dramaturgia trabaja sobre el realismo; Choques es una historia lineal de cuatro personas. ¿Le interesa sobre personas comunes y corrientes o usarlas para convertirlas en metáforas?

Las dos cosas. Yo lo defino como ponerle alas a la realidad. No puedes trabajar de espaldas a la realidad, pero tampoco puedes hacerle una fotografía si quieres hacer teatro. La aspiración poética es muy fuerte y hay que tener maestros. Ustedes aquí tienen al gran maestro, en Cenizas le rindo un homenaje, a Juan Rulfo. Utilizo sus giros lingüísticos y procuro obviarlo un poco.

Pero tampoco le interesa el retrato costumbrista.

Para nada. Porque Rulfo mismo no era costumbrista, ni era formalmente tradicional. Ni su oído era una calca de cómo hablan aquí en Jalisco los campesinos; es una recreación de expresiones. Y yo estoy muy atento a eso también en los giros lingüísticos de Sinaloa, de donde extraigo mis historias, porque allí me parturiaron. Hay una gran tradición del Siglo de Oro español que ni la gente sabe cómo llegó allí, en las serranías de México. Lo pongo en Cenizas, se lo atribuyo a un tío pero en realidad era mi padre; él estaba muy orgulloso de haber entrado sólo una vez a la escuela: a sacar un burro, que se había metido a comerse el pasto. Pero se sabía de memoria grandes tiradas. Me decía que él había vivido en un pueblo donde todos hablaban en verso y que nomás entrando vio a dos viejitos peleándose: “Desde la Nueva Galicia, Chabelo, te ando buscando, para darte una noticia de una que te está esperando”, y el otro, me decía, le contestó: “Sígueme, nomás, chingando…”. Y por allí se iba mi papá, y hablaba mucho tiempo; “yo me los aprendí muy rápido, mijo, pero hay pueblos donde todos hablan en verso”. Pues eran las obras del Siglo de Oro español.

“Tienes que estar atento a eso. Y ser bueno escuchando, porque luego los dramaturgos tienen oído de artillero. Para escribir Mexicali a secas, la obra que le da nombre a mi grupo, me fui al Valle de Mexicali, hice muchas entrevistas, trabajé con la gente, etcétera. Y una señora, doña Petra, que participó en el asalto a las tierras y en la conformación de Mexicali, ella me dijo, ¡poesía pura! “Mire, cuando yo me muera, yo quiero que me quemen y que tiren mis cenizas en el cerro del Centinela; así, cuando yo no esté, más de alguna piedra tendrá el eco de mi voz; no que, yo allá abajo, ¿quién va a escuchar nada?”.

Tiene más de 30 años con la misma compañía. ¿Cómo hacen para no separarse?

Es uno de mis grandes orgullos. Yo digo que no es tanto lo que he logrado en el plano artístico, sino que mis actores me sigan respetando, y me sigan sorprendiendo, eso es muy grande satisfacción. Hacemos todo el trabajo en conjunto. No es nada fácil, y ya pasamos por todo el proceso. (La clave) es eso: seguir trabajando. Seguirnos respetando y entender la naturaleza de cada persona. Te voy a contar una anécdota; como en el 92 pasó esto. Tenía un actor que le decíamos Archi, porque era igualito al de las caricaturas, y otro que era Emmanuel, que era muy depresivo, muy depresivo, y el Archi era un delincuente. Viene un tercero y me dice: “Maestro, yo siento que usted a mí no me trata igual que a los demás, tiene a sus favoritos…”, ya sabes que siempre dicen eso. “Te voy a decir por qué no los trato a todos igual con un ejemplo: si yo no sé tratar correctamente a Emmanuel, se mata; si yo no sé tratar correctamente al Archi, me mata”.

¿Hay público?

Sí. Hay que trabajarlo, tenemos también ya muchos años. Hay que ir por ellos, hay que moverse y hacer contacto. Ir hacia el público, traerlo, ¿no?

¿Qué estrategia les funcionó?

La escolar y la buena promoción, porque ir a las escuelas es muy importante: se gana al público también cuando se enganchan desde jovencitos, pero para eso es muy importante hacer teatro de calidad. Hemos tenido experiencias muy, muy buenas; te lo digo en términos de jóvenes a los que presentamos teatro para niños, hace 25 años, ahorita llegan con sus hijos al teatro. Eso es la importancia de tener una compañía estable durante tanto tiempo. Y lo otro es seguir picando, picando. Quizá falte un poco lo que ustedes sí tienen acá, que son temporadas largas. Nosotros las queremos implementar cada vez más, pero allá no hay tradición de temporada larga. Allá se estrena, estás un fin de semana, das una gira por el estado; nosotros salimos mucho de gira (…) Yo me consuelo pensando, de Cenizas por ejemplo: la escribí, la dirigí, la actué, hice la escenografía… ya si no salgo a traer público, pos denme chance…

¿Por qué sigue haciendo teatro?

Por lo mismo por lo que empecé, yo creo: por contar historias. Y quiero verificarlas en el corazón del espectador. Eso que a mí me desvela, ¿lo desvelará al espectador? Y creo que esa pregunta no se la hacen casi los creadores, por eso son tan narcisistas.

Una versión más breve de esta entrevista se publicó en el periódico El Informador.


Iván González Vega

 
Periodista en Guadalajara, México. Estudiante de actuación. Profesor de ciencias de la comunicación y periodismo.


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