Periodismo y teatro en Guadalajara

 


 
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Posted Febrero 17, 2017 by ÁgoraGDL Info in Noticias
 
 

De las virtudes de la terquedad


  • Por Víctor Castillo, director, actor y dramaturgo

 En los tiempos de las redes sociales, en que nos informamos en el instante mismo en que suceden cosas sin sentido, también nos enteramos de grandes acontecimientos que cambian el rumbo de la historia de la humanidad, o la humanidad que uno es, o la humanidad en que uno habita. Uno decide. Uno decide si ignorar la sabiduría a gotas que la fortuna nos ofrece, o ir tomando las palabras de los que uno admira, de los que pasan por la vida dejando sus palabras que a veces uno tarda años, o la vida misma en descifrar los códigos y su sentido.

Digo esto a propósito de la noticia del fallecimiento del maestro José Solé, mismo del que las nuevas generaciones de teatreros sabrán poco o nada, y sólo leerán, si acaso, la nota periodística sobre su vida como quien lee el último chisme de la farándula a la que sueñan pertenecer un día.

Todos se van, todos nos vamos; lo que permanece son las palabras y su eco en quienes las escuchan (…) las palabras convertidas en actos, en obras, y en cuyo caso vuelvan a ser palabras dichas por el teatro…

El maestro José Solé fue todo para una época del teatro en México. Asiduo visitante de Guadalajara donde lo conocí, tuve la oportunidad de escucharlo, porque ¿qué podría dialogar yo, un treintañero entonces, con un personaje de su talla? Fascinado quedé por su amor a los clásicos, por su humor al narrar las peripecias de su vida en el teatro, su amor. Siempre, como un oráculo, al finalizar nuestras caminatas me decía: “Víctor, he visto desfilar a cientos de teatreros con mayor talento que el mío; ahora la mayoría de ellos han muerto, o desertaron del oficio. Mi única virtud, si tengo alguna, ha sido la constancia. Ojalá yo hubiera tenido la gracia de más de alguno de ellos que admiré. A mí me salvó la terquedad.”

Del maestro Solé vislumbré la humanidad que el teatro es, alejado de la fatuidad del ególatra, de la mitomanía de los ávidos de fama a cualquier precio.

Todos se van, todos nos vamos; lo que permanece son las palabras y su eco en quienes las escuchan, y de que éstos repitan ese eco infinitamente como el fuego de Prometeo. Las palabras convertidas en actos, en obras, y en cuyo caso vuelvan a ser palabras dichas por el teatro. Así como Prometeo robó el fuego a Zeus mediante un hábil engaño para beneficiar a la humanidad, así son los maestros como Solé, entregando el conocimiento vivo a las futuras generaciones, esas generaciones que por lo pronto están obnubiladas frente a la pantalla añorando likes que les den fama fugaz, y que hoy no les permite ver el fuego que Prometeo robó, que sigue encendido y se transmite a través de las voces y enseñanzas de los maestros como Solé, que me repetía: “El teatro es de todos, a pesar de aquellos que lo secuestran para volverlo bandera de elegidos”.

Se van estos maestros, vendrán otros. No sé si con sus mismas intenciones y sabiduría. Al tiempo.

Que los caminos de los dioses le sean propicios al maestro.


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