Periodismo y teatro en Guadalajara

 


 
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Posted Enero 15, 2016 by Iván González Vega in Cartelera
 
 

Magdalena Caraballo: “Puedo ser una vieja loca, con todo gusto, pero nunca una abuelita buena”

Dice que es distraída, pero también dicen de ella que es atenta y amable: el tipo de compañera que llega temprano a los ensayos los sábados por la mañana y lleva brownies y café para todos. Ha trabajado con directores como Alicia Yapur, Rafael Sandoval, Rafael Garzaniti o Carlos Vázquez. Así lleva más de veinte años de carrera y los últimos diez, sin parar: es Magdalena Caraballo (DF, 1950) una presencia constante en los escenarios de Guadalajara.

Constante y además singular: como actriz ha ido en los últimos años de la trágica Medea de Anouilh (2009) a Las criadas de Jean Genet (2010), pasando por dramas como Aroma de Casablanca (2012) o, en 2015 y 2016, la farsa Puercoespín de David Paquet, que tendrá una función el viernes 15 de enero como parte del aniversario del Foro Periplo.

Tal diversidad de papeles es un reto, pero también un motivo de diversión, dice la actriz, durante una conversación en la que pide, sin discusión, que le hablen de tú:

Medea sí lo sufro, todo depende del papel. Cuando lo tienes que sufrir, lo sufres; no hay de otra. Por eso los actores viejos tenemos un poquito más de mañas: porque nuestra vida está llena de experiencias. Todo eso son datos. Cuando estás joven tienes tanta prisa por vivir que a veces no te fijas”

“Soy una gente muy encerrada, salgo muy poco de mi casa; cocino mucho. Estar mucho en mi casa me permite estar mucho en la cocina y estar con el personaje. Estoy cocinando y estoy hablando. Ya les dije a todos que ni se asusten, que estoy loca: voy a estar hablando en voz alta, gritando, llorando. Me gusta mucho escucharme, saber si me creo o no me creo. Cada personaje tiene diferentes requerimientos, pero ésa es la diversión. Es como un juego de niños: es como subirte a un barco nuevo, cada vez con diferente derrotero. Aprender a izar las velas es maravilloso. Ya que vas arriba sigues aprendiendo, siempre, siempre, siempre. Ahora una tormenta, y luego un día increíble; a veces te atoras en el teatro y a veces te sale maravilloso, o lo sufres. Medea sí lo sufro, todo depende del papel. Cuando lo tienes que sufrir, lo sufres; no hay de otra. Por eso los actores viejos tenemos un poquito más de mañas: porque nuestra vida está llena de experiencias. Todo eso son datos. Cuando estás joven tienes tanta prisa por vivir que a veces no te fijas”.

 

—¿Cómo le haces para creerte en una obra de teatro como Puercoespín, donde tienes a un personaje tan divertido pero que vive una soledad tan tremenda?

—¡Y es bipolar! Mira, he conocido gente así, pero aparte creo que todos somos bipolares de alguna manera. Cuando estás rodeado de gente hermosa, eres lindo; cuando estás de malas y te toca alguien fastidioso, eres espantoso. Todo depende de qué lado de la cama te levantes. Simplemente es extremar, es usar las dos voces, porque me oyes así hablando así (baja la voz) y de repente haces esto (la hace más grave): es simplemente eso, sacar lo que vuelve al otro, no hay mucho más. Y usas el corazón y la cabeza o no funciona.

En Medea. Foto de CulturaUDG.

En Medea. Foto de CulturaUDG.

 

—Eres muy conocida por el trabajo con la voz. ¿Dónde estudiaste?

—Canto. Canto con mi marido, en pequeño, no profesionalmente. Creo que el canto te ayuda mucho. Cuando yo empecé teatro, mi voz era muy tipluda, y yo me acuerdo que no lo reconocía. Mi mamá me lo decía, pero yo no lo reconocía. Hasta que una vez alguien me grabó en una de las primeras obras y dije: esto es una majadería para el público. Empecé a bajar la voz. Y fue a voluntad; lleva tiempo. Yo me metí al teatro por accidente, no fue algo que hubiera siempre deseado… a lo mejor dentro mío sí, porque siempre salía en los festivales de la escuela: le tiré a la danza, a la pintura, pero cuando descubrí el teatro fue lo más hermoso. Nunca he recibido una educación formal. He ido aprendiendo con los directores: con Sandoval, con Garzaniti.

“Con Alicia Yapur éramos súper amigas. Con ella tuve dos de las obras que más me han gustado en la vida: primero El árbol, de Elena Garro; que además ella sí creyó en mí: nadie me creía, yo quería ser la India y lo logré, sí fui. Le decía: ‘Ay, me van a ver mis ojos claros’. ‘¡Nadie se va a enterar, Magdalena!’. Y nadie se fijó.

“La otra fue Los ojos de Zapata. Fuimos a presentar El árbol a San Antonio y allá estaba Felipe Santander, que era un dramaturgo mexicano muy conocido por una obra que se llama El extensionista. Cuando presentamos El árbol, él dijo: quiero que ustedes presenten allá Los ojos de Zapata. Fueron siete veces nada más porque Marco Treviño tuvo que irse a México y nunca encontramos, en ese entonces, un actor de su estatura, de su edad, que diera el perfil para las dos, porque yo era la amante vieja y Monserrat Díaz, a la cual le llevo creo que 12 años, era la amante joven, y nunca lo encontramos”.

 

—Pero fue uno de los espectáculos que más te gustaron.

—Sí, ése; Las criadas, que me encantó; Medea, para qué te digo: me vuelve loca, y Puercoespín: creo que ésas son mis superfavoritas. ¡Todas me han gustado!

 

Yo creo que todos estamos llenos de demonios y eso es divino en el teatro: que los dejas salir, ser libres, ser quienes quieren ser, y no pasa nada. ¡Te aplauden! Eso se me hace genial. Es como un psicoanálisis, una catarsis”

—¿Cómo escoges una obra?

—Leo el libreto y veo si lo puedo defender. Aparte, nunca sería, nunca, la dama más buena de la película. Yo, por ejemplo, hacer una Prudencia Griffel, una abuelita linda: ni idea. Puedo ser una vieja loca, con todo gusto, pero nunca una abuelita buena, no se me antoja. Yo soy una persona muy buena, muy calmada; es muy difícil que me hagas enojar, tengo un carácter muy parejo. Entonces, me gusta ser algo que no soy. ¿Salir de mí? Guácala. Porque en el teatro dejo salir todos los demonios que tengo dentro. Yo creo que todos estamos llenos de demonios y eso es divino en el teatro: que los dejas salir, ser libres, ser quienes quieren ser, y no pasa nada. ¡Te aplauden! Eso se me hace genial. Es como un psicoanálisis, una catarsis.

Imagen de Puercoespín. Tomada del FB de la obra.

Imagen de Puercoespín. Tomada del FB de la obra.

 

—¿Qué se siente presentar, por ejemplo, a un personaje como la chica de Puercoespín?

—En primera es divertidísimo porque es como recordar quién fui a los quince años, porque esa niña no tiene más madurez, aunque sea una vieja como yo. Entonces, el salto, el brinco… Todo el mundo me dice: “¿Te cansas mucho? No vas a poder hacer dos funciones seguidas”. ¡Puedo! Algo de mí recuerda y puedo y no me canso. A lo mejor no puedo subir dos veces la escalera pero puedo hacer dos funciones. Brinco, grito, todo. Porque es como vestirte de piel joven, aunque el personaje es viejo. Su cabecita, no; es una niña.

 

—Una niña muy vulnerable. La ves y piensas que se va a romper en cualquier momento.

—Y de repente la encuentras tan destructiva, tan terrible, como en la relación con el personaje de (Carlos) Hoefflich.

 

—De eso, a una Medea que lo está planeando todo…

—Hay mucha distancia, definitivamente. Con Medea, aparte, todo es contenido. Sí, de repente, lanza el grito, pero todo es una contención pavorosa. Hay diez mil sentimientos. ¿Te imaginas a una mujer mayor, que el hombre le había prometido casarse con ella, y nunca se casa, que la utiliza, finalmente como que sí se enamora de ella pero, en cuanto encuentra la manera de zafarse y ser rey, la va a dejar con dos hijos, pobre, con una carreta y aparte perseguida por todos? Todo lo que tienes que tener adentro. Esa mujer, habiendo sido princesa, sacerdotisa, amada, temida, y de repente es vulnerable…

 

—En escena, ¿vemos tu trabajo o te dejas dirigir?

—Es una mezcla. Una no es capaz de observarse. Yo soy capaz de creerme si me escucho, pero no soy capaz de ver toda la obra. Sí me gusta que me permitan aportar. Yo prefiero, después de haber trabajado con el director, apostarle y hacer las cosas como yo creo, y que el director me diga quítale o ponle, pero sí que me dejen ser, que me den libertad. Hay algunos directores que quieren tener titeritos: yo, eso, ni de broma; jamás me someteré. Tengo que creer en el respeto del director hacia el actor.

 

—¿Cómo les fue con Mosco en Puercoespín?

—¡Mosco es divino! En primera, es graciosísimo y muy cariñoso, pero aparte de eso es una persona muy formal. ¿Sabes que tiene de lindo? Que, cuando haces algo que le gusta, se entusiasma, y lo ves que está feliz, y eso motiva muchísimo. Aparte, no tiene que decir nada, pero siempre serás puntual y formal con él. Nunca grita, jamás se enojó, jamás regañó a nadie.

En Aroma de Casablanca. Foto del muro de Facebook del Teatrio Vivian Blumenthal.

En Aroma de Casablanca. Foto del muro de Facebook del Teatrio Vivian Blumenthal.

 

—En Puercoespín son actores con mucha experiencia. Uno piensa que para el director debe ser muy fácil trabajar con gente que tiene tal trayectoria, pero también puede que tengan mañas…

—Para nada. En los ensayos empezábamos haciendo ejercicios y bailando y haciendo locuras, entonces ya sabías a lo que ibas. Era muy divertido. Aparte, todos son joviales. Y lo más lindo es que unos y otros, separados, a lo mejor no somos lo mismo… bueno: Astrid, sí, Astrid siempre será jovial; pero los demás a lo mejor somos un poquito más taciturnos. Pero, estando todos juntos, somos mucho más vivaces: algo sucede, como que conectamos las partes felices, pues, y todos explotamos.

 

—¿Qué opinas del teatro de Guadalajara en este momento?

—¡Maravilloso! Estoy feliz. Hace tiempo, cuando yo estaba con Sandoval, por ejemplo, yo pensé que se iba a acabar el teatro en Guadalajara, por una razón: había actores jóvenes, entraban con todo el cariño del mundo, tenían todas las aspiraciones, pero cuando les tocaba alimentar una familia se acababa el teatro, porque sabes que de eso no se vive. Como nunca llegaban los jóvenes a traspasar la barrera de los 30, 35 años, dije: se va a acabar el teatro. De repente empiezan a surgir varias academias, y de repente tanto muchacho con tanto talento: estoy encantada. Claro, les falta, pero a todos nos faltaba cuando empezamos. Pero los ves con ánimos, con ganas, con una sed de aprender que es maravilloso. Aparte, cuántos espacios han abierto; unos cierran, otros no, pero la gente se arriesga. Esto del Microteatro a mí me encanta. A mí, aunque comercialmente se oiga espantoso, me gusta más actuar en teatros pequeños y con poquita gente: el reto es mayor, porque te tienes que conquistar a uno por uno y convencerlo de lo que estás haciendo. La gente reacciona menos cuando está sola, y ese reto me gusta mucho.

 

El reto que no funcionó

—¿Qué trabajo has tenido que te haya hecho sufrir? Un reto que te haya hecho decir: pensé que no la hacía.

—No solamente pensé que no la hacía: no la hice. Empezamos un proyecto, hace tres años, cuatro, y no pude entenderlo, no pude llegar a entender qué quería el director ni cuál era la historia. Opté por retirarme. Hablé con él y le dije: perdón, pero no sé quién soy en el personaje, ni qué quieren de mí, ni tiene historia. No es un cuento, según yo, ni voy a llegar a ningún lado. Y me retiré del proyecto. Es horrible, no comprender algo. Te sientes como en el el vacío, como en el espacio; ésa fue mi peor experiencia en el teatro.

 

—Justo en estos años hay una corriente en el teatro que apuesta por experimentar por espectáculos donde no hay historia.

—Cuando tienes una historia o un personaje más o menos definido, podrás hacer o atraer varias cosas, a lo mejor, pero sabes quién eres. Yo, allí, no sabía quién era. Pero aparte hay un riesgo muy grande en una ciudad como Guadalajara, que no va al teatro, de presentar este tipo de obras sin información. Los teatros se deberían definir más o menos sobre qué tipo de teatro manejan, para que la gente sepa a qué va. Porque he oído varias personas salir de algo furiosas: “De haber sabido no vengo, qué porquería…”. Si esta persona no está acostumbrada al teatro y le presentas algo así, la vas a ahuyentar, no la vas a conquistar. Hay que ir acercándola poco a poco. Por eso creo que los teatros deberían tener una vocación. Debería haber un teatro maravilloso, increíble, para ese tipo de obras; acercas al público. Para mí no está bien que una obra buenísima se presente en un teatro y después una obra de principiantes. No: escalonaditos. Igual que también se deben hacer figuras de teatro. Ha habido un culto al director tremendo, y conste que varios directores son maravillosos, pero no sé por qué no se han hecho figuras. Si hay una gente a la que tú admiras, la vas a seguir.

 


Iván González Vega

 
Periodista en Guadalajara, México. Estudiante de actuación. Profesor de ciencias de la comunicación y periodismo.


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